La situación de Cuba es altamente preocupante. Sus autoridades deben abrir este país a las inversiones y a la libertad empresarial, tanto nacional como internacional, o de lo contrario, esta isla se continuará sumergiendo en ese abismo que no le permite mirar el ansiado desarrollo de sus gentes.
Este país lleva 67 años viviendo bajo un oprobioso sistema político, que si bien es cierto que en términos científicos ha logrado ciertos avances; sin embargo, la falta de libertad y de recursos para movilizar la economía los mantienen sumergido en un colapso total.
Solo hay que ir a esta empobrecida nación o ver los objetivos documentales televisivos para uno darse cuenta del clima de tortura y de infelicidad que viven sus gentes. Sus empolvadas calles dan la justa imagen de un pueblo que se debate en medio del dolor y la desesperanza.
Las carencias de servicios básicos y la falta de oportunidades son los ingredientes perfectos para y a través de los escasos medios ver el mayúsculo espectáculo que se observa en cada uno de los rincones de ese país.
Cuba merece mejor suerte. Cuba necesita que sus autoridades entiendan que la gigantesca cárcel sin barrotes en la que habitan algo menos de 10 millones de gentes, podría quebrarse de un momento a otro si ese pueblo decide izar esa bandera tan necesaria que se llama libertad.
No es justo el paupérrimo panorama en el que se desenvuelven las humildes masas de los barrios, pueblos y montañas de esa hermosa isla merecedora de mejor suerte.
Tal y como lo dijo el Papa Juan Pablo II durante su histórica visita del 21 al 25 de enero de 1998, de que Cuba debe abrirse al mundo, pero también el mundo tiene que abrirse a Cuba, para que de esta manera el progreso de sus gentes llegue y sus niños y jóvenes puedan por fin un día hacer realidad el sueño de estar en un mundo completamente diferente al que ahora viven.

