Las campañas electorales nunca se ha caracterizado por aquí por el civismo y las propuestas programáticas para captar votantes, sino por los denuestos, los insultos y las descalificaciones como herramientas para conquistar el poder. Pese a la tecnología y la maduración de partidos y candidatos la jornada de 2028 no pinta, a decir por tempranas señales que han asomado en el panorama, que trillará un sendero en que los argumentos serán el punto de partida para atraer electores .
La reacción de la oposición frente a las medidas del Gobierno para atenuar los efectos del alza de los precios del petróleo evidencia que la crítica pura y simple se impondrá a la formulación de propuestas viables en la lucha por el poder. Lo mismo puede decirse sobre los señalamientos frente a las inundaciones que han provocado los torrenciales aguaceros por el problema ancestral de las cañadas y la falta de drenaje a la altura del desarrollo urbanístico.
El antagonismo que ha marcado los procesos electorales ha debido quedar en un triste pasado. Más en estos tiempos en que el pragmatismo ha superado el carisma y líderes que con su oratoria eran capaces de encantar serpientes. En materia de organización y seguridad de que los resultados representan la expresión del voto, República Dominicana puede vanagloriarse de sus avances extraordinarios. Sin embargo, los partidos y candidatos están todavía rezagados en su estrategia para ganar en buena lid el respaldo del electorado.
Como si la sociedad permaneciera anclada en el pasado, se replican los mismos métodos con el propósito de escalar al poder. No extrañaría si la oposición ignora que con sus críticas y propuestas insensatas no hace más que allanar el camino al oficialismo, el cual, en medio de la tormenta, puede exhibir como trofeos estabilidad e interés en edificar y comprometer a todos los sectores en el abordaje de la problemática. No es una crisis que políticamente se puede capitalizar con posiciones absurdas.
En el debate político la sensatez ha brillado siempre por su ausencia. Pero acontecimientos como la guerra en Medio Oriente y sus efectos en la economía, así como las inundaciones que sacaron a flote las carencias de la ciudad, han evidenciado un déficit de argumentos que desilusiona sobre el matiz del venidero certamen electoral. En modo alguno puede tratarse de una estrategia acusar al Gobierno de derrochador, pues los esfuerzos para sanear la Administración pública pueden palparse.
Alzas como la de los combustibles y de muchos otros artículos son dolorosas, pero inevitables en las circunstancias actuales. La población lo comprende. La que parece no entenderlo es la oposición.

