El acto del décimo primer aniversario del Partido Revolucionario Moderno (PRM) no fue simplemente una conmemoración institucional, sino una delimitación. Cuando Jesucristo hablaba en parábolas, no lo hacía para confundir; lo hacía para revelar. La parábola era una forma elevada de decir mucho sin herir a nadie, y eso fue justamente lo que pasó en la arena de Santiago por parte del presidente Luis Abinader, en su discurso central ante los más de 7,000 perremeístas que desde temprano comenzaron a llegar al evento.
Mientras algunos pensaban que solo asistían a una fiesta partidaria, lo que realmente se escenificó fue un desahogo presidencial de un líder que demostró fortaleza, liderazgo y, sobre todo, trazó su visión de lo que debe ser esa organización de cara al futuro inmediato, donde dejó claro que jugará un papel de árbitro responsable, pero consciente de que todos los actores tienen que ajustarse a la disciplina como regla sine qua non de los retos electorales que se avecinan.
Fue un sacudión al púlpito, trazó la raya de Pizarro y envió señales claras con ribetes ideológicos. Primero, advirtió que quienes cometen o patrocinan actos de corrupción “traicionan los ideales” de esa organización política.
Segundo, no se limitó a celebrar, sino que delimitó a lo interno el terreno al afirmar en tono enfático que el PRM no tiene dueño, sino que es el instrumento que hay que preservar para continuar en el poder, porque en algunos círculos partidarios cobra fuerza de ley el hecho de que el PRM tiene dos propietarios: Hipólito Mejía y el propio Luis Abinader.
Asimismo, delimitó el comportamiento que espera de los aspirantes presidenciales, no solo por lo que implica la unidad, sino por la preservación de la base, a la que elogió y reconoció lo importante que ha sido para llevar al partido más joven al poder y evitar que la división y los errores de la vieja casa (PRD) debiliten la columna que servirá de sostén del candidato o candidata que salga electo del próximo proceso interno, en un contexto donde el descontento de las bases ha sido una constante desde agosto de 2020 por designaciones externas, por expectativas no satisfechas, por la dinámica natural del poder.
Y como en política nada es casual, por eso cobran mayor dimensión las palabras utilizadas por el mandatario, tales como: “No será un concurso de vanidades. No será una pugna de nombres”. “Será una ocasión para que las ideas hablen más alto que las ambiciones”.
Pero, sobre todo, habló de acuerdos, dejando claro que en los procesos por venir dicha modalidad podría servir de canal para cicatrizar algunas heridas que el propio proceso pudiese dejar abiertas y ser capitalizadas por la oposición, de la cual dijo que el oficialismo no será su adversario, sino Google como herramienta tecnológica que permite verificar los datos de sus pasadas gestiones, arengando de esa manera a su ejército a estar preparado para la batalla, porque las guerras se ganan con votos el día de las elecciones.
Y si alguien no entendió la parábola, que vuelva a escucharla. El mensaje fue claro: el que quiera aspirar, que aspire, pero que no dinamite la casa que lo cobija. Porque el poder no se hereda ni se impone, se construye; y quien intente convertir la competencia interna en guerra fratricida podría terminar haciéndole el trabajo la oposición.
Por: Elvis Lima
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