La desaforada migración haitiana ha llegado a un punto de inflexión, a partir del cual no habría retorno por lo que urge que Gobierno y sociedad asuman responsabilidad y compromiso que apunten hacia el freno y control de tal avalancha.
Dos ex presidentes de Estados Unidos y la hija de un tercero pretenden asignar a República Dominicana una cuota excesiva de sacrificio en el abordaje del drama haitiano, sin llegar a reconocer que aquí se cumple cabalmente el papel de samaritano de ese pueblo devastado.
El presidente Jimmy Carter considera imposible contener la inmigración haitiana por la frontera terrestre y al igual que el ex mandatario, Bill Clinton plantea la tesis de la solución conjunta al drama que aflora del lado oeste de la isla.
Estados Unidos ha podido controlar una frontera de miles de kilómetros con México, pero Carter cree imposible contener el flujo migratorio en poco más de 350 kilómetros de espacio limítrofe con Haití.
La señora Caroline Kennedy, hija del malogrado presidente John Fitzgerald, vino al país para reclamar del Gobierno que dote de identificación a la población de indocumentados haitianos, sin mencionar tampoco el derecho del Estado nacional a controlar el flujo migratorio ilegal.
El momento de identificar cualquier tipo de solución a la crisis haitiana, el liderazgo estadounidense y de la comunidad internacional ponen sus ojos en República Dominicana, zarandeada hoy en diversos foros mundiales, donde se la presenta como nido de xenófobos y esclavistas.
La verdad es que la economía dominicana no soporta ya el enorme peso de una inmigración haitiana desaforada e incontrolable, que ha degradado el salario nacional en más de un 40 por ciento, sin que las principales metrópolis asuman su obligación de asistir a ese pueblo hambriento, enfermo y descalzo.
El Gobierno debe descansar sus rodillas y reivindicar el derecho inalienable de frenar la inmigración ilegal, sin renunciar al compromiso de solidaridad con Haití. ¡Basta ya!
