Editorial: Déficit de voluntad

16_Opinión_10_1,p01


La sociedad dominicana parece resignada a convivir con el déficit de voluntad de su clase dirigente para alcanzar acuerdos o pactos sobre temas esenciales, aun cuando se admite que sin la resolución de conflictos no sería posible siquiera acercarse a las puertas del desarrollo.

Crisis menores se agravan a causa de indiferencia o extremismos expresados por gobiernos, clase política, gremios empresariales, sindicatos, academias y la mentada sociedad civil, como si se cumpliera el dicho aquel de que “deudas viejas no se pagan y las nuevas alguna vez envejecerán”.

En muchos años solo se recuerda como acuerdo trascendente la firma del pacto por la educación, aunque los propios intervinientes se acusan mutuamente de violar su contenido, señal de ausencia de voluntad política y cívica ante el imperativo de halar la cuerda en la misma dirección.

El liderazgo nacional ha admitido la imposibilidad por incompetencia o falta de interés de consensuar sobre temas vitales para la economía y la consolidación institucional, como los fallidos pactos eléctrico, fiscal y laboral o el destino del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Los líderes políticos y empresariales parecen no asimilar la lección de que siempre resulta más saludable promover diálogos fructíferos sobre terreno fértil de estabilidad democrática, porque el oleaje de una posible crisis arrastraría a unos y a otros muy adentro en el mar de la incertidumbre.

La escogencia de jueces de la Suprema Corte de Justicia, por ejemplo, no debería convertirse en un circo romano, sino en un escenario donde mansos y cimarrones se comprometan a fortalecer a las instituciones de mayor relevancia del sistema democrático.

Duele saber que el liderazgo político y empresarial no ha podido o no ha querido consensuar los pactos eléctrico, fiscal y laboral con el entendimiento, sin los cuales República Dominicana no podría llegar a tiempo a los portones del desarrollo pleno y la anhelada equidad social.

En 1994 se produjo una gran crisis política que costó mucho subsanar; una década después afloró una crisis económica de la que todavía se arrastra un déficit cuasi fiscal estimado en cientos de miles de millones de pesos.

Tal parece que la irracionalidad de la clase dirigente podría empujar a la nación a otro episodio fatídico. Ojalá se recobre el buen sentido.