Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana, sostuvo con firme insistencia, que el imperialismo estadounidense no era una estructura permanente, sino un fenómeno condenado al desgaste. No lo planteó como consigna ideológica, sino como conclusión política del análisis del poder.
En el acto por el XX aniversario del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1973, cuando EE.UU. se hallaba en la cúspide de su hegemonía global, afirmó: «El imperialismo no es invencible».
La frase desmontaba la idea de un poder absoluto y eterno, anunciando la vulnerabilidad estructural del sistema capitalista. En un contexto distinto, tras la desintegración de la Unión Soviética, Fidel volvió sobre el tema.
En la clausura del IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, el 10 de octubre de 1991, advirtió: «Ningún sistema basado en la explotación, el privilegio y la injusticia puede sostenerse indefinidamente».
Más adelante, cuando las guerras de Afganistán e Irak erosionaban la imagen internacional de Washington, Fidel precisó el núcleo del problema.
En la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005, sostuvo: «Los imperios no caen por falta de armas, sino por la pérdida de autoridad moral». El poder militar, sin legitimidad, se convierte en lastre.
Hoy, el endeudamiento colosal, la polarización interna, el declive del dólar, el fracaso de las sanciones y las guerras por delegación confirman aquel diagnóstico. El imperialismo ya no persuade; presiona. Ya no lidera; castiga.
Fidel no anunció un final inmediato, sino un proceso histórico irreversible. Los imperios no se derrumban de golpe: se vacían por dentro. El imperialismo no está cayendo porque Fidel lo haya anunciado, sino por su naturaleza infame.

