La historia de la conquista de América suele narrarse como una sucesión de derrotas indígenas, capitulaciones impuestas y acuerdos incumplidos. Sin embargo, en la isla La Española ocurrió en 1533 un hecho excepcional que rompe ese patrón: el pacto de paz entre el cacique Enriquillo y la Corona española. No fue una rendición, ni una concesión graciosa del poder colonial, sino una negociación forzada por una resistencia victoriosa y jurídicamente consciente.
Durante más de trece años, Enriquillo encabezó una guerra sostenida en las montañas del Bahoruco. No se trató de una rebelión improvisada ni de un alzamiento menor, como durante mucho tiempo se intentó presentar. Fue una resistencia organizada, persistente y con un claro fundamento legal.

Educado por los frailes franciscanos, conocedor del castellano y del derecho imperial, Enriquillo apeló reiteradamente a la justicia de la Corona frente a los abusos del sistema de encomiendas, que violaba incluso las propias leyes españolas destinadas a proteger a los indígenas.
El acuerdo alcanzado en 1533 no fue una capitulación militar. Enriquillo no fue derrotado. Por el contrario, fue la Corona la que se vio obligada a negociar tras años de guerra sin lograr someterlo. El pacto reconoció su libertad personal, la de su gente, la posesión de tierras y una forma de autonomía local inédita para un líder indígena en el Caribe del siglo XVI. Se trató de un pacto entre partes reconocidas, no de la sumisión del vencido al vencedor.
Comparando este hecho contrasta de manera clara con otros procesos coloniales del continente. Por ejemplo, las capitulaciones de Tenochtitlan, tras la derrota total de los mexicas en 1521, fueron acuerdos impuestos por los conquistadores, sin reconocimiento real de soberanía indígena. Los repartimientos y encomiendas, tanto en La Española como en el resto de América, no fueron pactos, sino instrumentos administrativos que excluían a los indígenas como sujetos de derecho, sin poder opinar, controlados por el poder colonial, reducidos a mano de obra forzada.
Hay incluso otros acuerdos posteriores, como los firmados con los mayas de Yucatán, que fueron parciales y temporales, y con frecuencia seguidos de incumplimientos. He leído que, en Norteamérica, los tratados firmados entre pueblos indígenas y las autoridades coloniales terminaron siendo violados, dando paso a desplazamientos forzados y desposesión territorial.
Solo los parlamentos celebrados entre españoles e indígenas mapuches en Chile, ya en los siglos XVI y XVII, ofrecen un paralelo parcial al caso de Enriquillo. En ellos se reconocía a los pueblos indígenas como interlocutores políticos y se negociaban territorios y condiciones. Sin embargo, el pacto de Enriquillo fue singular, basado en una resistencia personal insistente, tanto en el plano militar como en el jurídico donde nunca se dejó de señalar los derechos que se reclamaban.
Uno de los aspectos más notables de este acuerdo es que fue respetado durante la vida de Enriquillo, algo poco común en la historia colonial americana. La Corona no lo integró a una encomienda, no lo sometió a un tributo forzado. No se trató de una tregua circunstancial ni de una concesión simbólica, sino de un reconocimiento efectivo de derechos avalados por la autoridad imperial. Enriquillo fue reconocido como persona con derechos, como interlocutor jurídico, no como población a controlar. Por eso el pacto de Enriquillo firmado a través de un emisor del emperador, el capitán Francisco de Barrionuevo, señala un hecho trascendental en América.
Por ello, Enriquillo no debe ser recordado únicamente como un rebelde indígena, sino como uno de los primeros líderes de América en obligar al poder colonial a sentarse a negociar desde una posición de respeto jurídico. Para la República Dominicana, este episodio no es solo un capítulo del pasado, sino una de las expresiones más tempranas de la lucha por la dignidad, el derecho y la libertad en el continente americano. Que sirva su ejemplo para nuestro pueblo, solo así seguirán surgiendo los Enriquillo, los Juan Pablo Duarte, los Luperón…
*La autora es licenciada en química, escritora, historiadora e investigadora histórica. Ha dedicado parte de su trabajo al estudio de la figura de Enriquillo y de los indígenas de La Española.
Lidia Martínez de Macarrulla
Presidenta de la Fundación Macarrulla

