Aunque van y vienen como vientos alisios, han de recibirse siempre de buen agrado propuestas sobre la elaboración de un proyecto de nación, como la reiterada por el presidente Leonel Fernández, quien obviamente estima que para lograr ese propósito debe producirse la unidad entre el Gobierno, sectores empresariales, políticos y sociales.
Con pesar debe decirse que la sociedad dominicana nunca ha mudado dos pasos consecutivos hacia adelante catapultada por algún consenso entre los poderes públicos, clase política y sociedad civil, por lo que puede decirse que aquí no hay costumbre de diálogo sano y serio.
Presidente, élites políticas ni empresarios ignoran que la ley que crea el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo ordena a esa dependencia diseñar con la participación de todos los sectores de la sociedad un programa de desarrollo a largo plazo.
También se sabe que el propósito de elaborar un plan de que el Estado se rija por un proyecto de planificación y desarrollo ha sido enunciado en la Constitución votada el 26 de enero, por tanto, nadie debería alegar ignorancia.
Duele decirlo, pero la sociedad dominicana del mañana se levanta sobre tierra movediza de improvisación, tanto así que en agosto de 1990, de un día para otro, el Gobierno del presidente Balaguer resolvió abrir los mercados nacionales mediante un decreto ley y dos después fue cuando el Congreso votó una ley de reducción del arancel.
Estrategas del Gobierno y economistas independientes coinciden en que la reducción de los altísimos niveles de pobreza y pobreza extrema estará siempre en proporción al incremento sostenido del Producto Interno Bruto (PIB) y a una justa redistribución del ingreso público, por lo que puede decirse que ya todo se ha escrito o se ha dicho, que lo que falta aquí es voluntad.
La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha revelado que el nivel de pobreza en la zona rural ronda el 50 por ciento y que de ese porcentaje, el 20 por ciento malvive en pobreza extrema, cifras que revelan estremecedora marginalidad y exclusión económica en el campo dominicano.
Discursos ni seminarios tienen ya efectos somníferos de otros tiempos ni de remedio a un mal que ya corroe la médula de la República, por lo que es tiempo de cesar improvisaciones y recobrar sensatez extraviada. Que no se crea que los suspiros son aire y van al aire y que las lágrimas son aguas y van al mar.

