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Historias crueles de NY y otras latitudes

Historias crueles de NY y otras latitudes

Un libro de ficción debería partir de su peso físico en adelante y el placer que se tendrá al leérsele. Conservarlo en la memoria dependerá de cuánto pese, contando que los libros de relatos cortos o micro cuentos, como se hacen llamar ahora, sin dejar de lado que si se pudiera preguntar al libro cómo se llama, ¡por supuesto que el libro va a responder como con su santo y seña! La del autor.

Agregándosele también a este acercamiento una nueva faceta del autor, la de contar cuentos, que también por la lectura, del placer en adelante, también debería medirse que el libro se quede en la memoria, o más que el libro sus individualidades, es decir, cada historia bien contada, como al caso que nos asiste, desde el Excéntrico Quico cara de Piña, cuento que forma parte del florilegio de estos 46 relatos para despertar dormidos de la realidad circundante, de allá y de aquí. Ya donde quiera se cuecen habas, respecto a los temas de cada cuento.

No olvidemos que el autor es periodista, que para estos cuentos ese oficio es mortal y que ese “oficio” da para ver si se quiere ver y a la vez poeta, ensayista, con los pies como las bailarinas de ballet, para poder desenvolverse en la tierra y en el cielo con soltura.

Que conste, ningún lector va a quedar defraudado al leerse estos cuentos sin teorías del cuento en su interior, sino más bien lo que hace que sea eso que se dice, un contar para despertar el lado oscuro y no semejante del lector-creador.

Ahora diré de qué estamos hablando, pues nada más y nada menos que de Historias crueles en N.Y., y otras latitudes de Eloy Alberto Tejera (primera edición, editora Búho, 2021), después de un silencio en la creación literaria, más de no hacer nada, sino todo lo contrario.

Según mi miopía, estamos ante un libro de cuentos que se puede leer con placer e incomodidad a la vez. Cada cuento es un fragmento arrebatado a la abstracción de la vida para insertarla con más vida en la memoria del lector por ingenuo o avezado que se crea (no hay lector ingenuo, sino que lo finge, para aceptar o descartar al texto en cuestión).

Véase los cuentos: Lobo atribulado por la crisis y Mi querido diario, citar más se constituiría en apologías a la crueldad, ¡Dios me libre! Cada cuento de la cantidad antes aludida, significa por sí solo una aventura de la condición humana aparentemente sin metafísica. Ternuras dadas con papel de lija.

Estos cuentos tienen su tradición en la curiosidad del creador y, de una forma u otra en todas las lenguas, pues cualquier autor del género, que no es nuestro autor, aunque sí debe incluírsele y no por la cantidad, apenas es su primer libro de relatos, siempre tiene dentro de su haber una que otra curiosidad de arma blanca afilada con esmero, aunque sea por juego; otros como cultivo consciente y de magia como Augusto Monterroso y Virgilio Díaz Grullón, para citar dos portaestandartes de lo brevísimo en la narrativa contemporánea con todos los aciertos del mundo en calidad, en esos asaltos sin escalamientos que es la escritura de esos dos autores, que bordean la poesía. A lo que se suma Eloy: “Caperucita, ¿por qué vas al bosque con esa hacha? / A talar árboles para hacerme millonaria y comprar ropa fina en Macys.”

Lo maravilloso de nuestro autor de Historias crueles y otras latitudes es la naturalidad con que se mueve entre un contar y otro, la presencia del autor está libre, es parte de lo contado, de lo vivido, de lo asimilado (sin caer en indiscreción) vivió por más de una década en esa crueldad que es ese país al que aspiramos vivir, aunque sea en un solo sueño, para realizarnos materialmente y sentirnos que nuestro pasar por esta tierra no ha sido en vano.

Vino, vio y fue derrotado (pues para la mayoría volver de pie y no parao de allá, es una derrota de ahí estos relatos para derrotar la imaginación y reivindicar que lo bien contado siempre da alegría, por supuesto sin querer estar en ningún lugar de los personajes que el escritor Eloy Alberto Tejera se mueve, pequeñas crónicas portadoras de violencia que encierran su “castigo” (no digo por él, ¡Dios, me libre!).

Al trote de caballo desbocado estos relatos nos dan, para que estos días aciagos se hagan más placenteros, motivos para pensar y sentir.
El autor es escritor.

Por. Amable Mejía
amablemejí[email protected]

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