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Héctor Incháustegui Cabral

Héctor Incháustegui Cabral

Poemas de una sola angustia

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A veces, los escritores suelen anexar a sus producciones un ornamento modal. La misma coyuntura de los cuarenta, representó para la inteligensia de aquella época un reencuentro con lo social-histórico: por un lado, la Guerra Civil Española había aportado para los escritores republicanos el martirologio ideal para la reafirmación de un compromiso con la literatura de compromiso; y por el otro, Europa se enfrentaba a un fortalecimiento de las ideologías.

Los ismos literarios llegaban o se enfrentaban a su fin, por lo que era preciso inyectar las vivencias y percepciones de otros ritmos y significaciones. Lo más importante en ese reencuentro fue el despertar de la identidad nacional y sus características.

Incháustegui Cabral, un productor literario embarcado en encontrar su lugar en la literatura nacional, tomó de la mano a Moreno Jimenes (ver mi trabajo sobre el «Poema de la Hija Reintegrada») y el efecto de ruptura propiciado por los postumistas y enrumbó su producción hacia una concepción de percepción vivencia, mediante la construcción de alegorías conectadas a una configuración con el contexto histórico.

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Por eso, abordó en su poética fundamentos dialécticos que coadyuvaron a desarrollar en «Poemas de una sola angustia» preguntas que satisficieron sus dudas:

 «¿Sabéis acaso que cosa es un coche / para quienes no lo han visto nunca? / ¿Sabéis cómo atruenan su máquina / y su bocina en lugares en donde solo se oyeron / el honesto canto del gallo pendenciero / y el mugido triste de las vacas?»  -«Dialogo inútil con una mujer cualquiera», versos del 42 al 47 de «Poemas de una sola angustia» («Obra Poética Completa de Héctor Incháustegui Cabral», Colección Contemporáneos, Universidad Católica Madre y Maestra, 1978). 

Así, Incháustegui Cabral logró desarrollar un vigoroso dominio de la subjetividad, esa atribución dialógica que Mijail Bajtin describe como «la capacidad del escritor de orquestar un diálogo entre diversas voces y conciencias, reconociendo que el sujeto solo existe a través de la interacción con los demás».

Bajtin enuncia que «el ‘yo’ no puede verse a sí mismo de forma completa, ya que necesita la mirada del ‘otro’ para adquirir una forma y una subjetividad terminada» (Bajtin: «Problemas de la poética de Dostoievski», 1929).

Entonces, habría que presumir (pura reflexión) que Incháustegui Cabral pudo haber recorrido en ese coche cuya máquina y bocina atronaron el canto del gallo y el mugido de las vacas; lo que me llevaría a especular que realizó un préstamo alegórico de lo modal, de lo que se cocía en los contextos literarios y no satisfacía para él la solución del problema.

Claro, la indiferencia social apegada al lado de la opresión merece enfrentarla y pudo haber constituido un continuo en la obra posterior de Incháustegui Cabral. Pedro Mir, antes y después de «Hay un país en el mundo» lo hizo.

Para Hegel, ocurre una ‘intención fallida’ «cuando existe una discrepancia entre el propósito subjetivo de un individuo y el resultado objetivo de su acción en el mundo social» («Fenomenología del Espíritu» (1807).