Editorial

Juicio a los jueces

Juicio a los jueces

La  suspensión y  sometimiento por ante un tribunal disciplinario del  juez de Ejecución de la Pena  de San Cristóbal, Francisco Mejía Angomás, ha causado  escozor entre  magistrados del orden judicial que consideran que la decisión de la Suprema Corte de Justicia abre compuertas para que  el Ministerio Público persiga de manera indiscriminada a jueces que  no acojan sus dictámenes.

Esa preocupación fue externada  a reporteros de El Nacional por  magistrados  de tribunales y cortes, quienes solicitaron reserva de identidad como en los mejores tiempos de la tiranía o como si  aquí los jueces, además de toga y birrete, suben a estrados  con pasamontañas.

Razones tendrán esos administradores de justicia para albergar temor de que la decisión del pleno de la Suprema de suspender al juez Mejía Angomás  se convierta en funesto precedente sobre  represión o censura extrajudicial, pero tal aprensión resulta exagerada si  el motivo ha sido el fallo que afecta a ese magistrado.

Es difícil creer que  el pleno de la Suprema Corte emita una sentencia de manera unánime en atención a un tipo de presión ejercida por  el procurador general para  desplazar de sus funciones al juez de Atención Permanente de San Cristóbal, ni a ningún otro magistrado, más aun  cuando no se conoce de  alguna otra iniciativa ejercida en ese sentido por el Ministerio Público.

El juez Mejía Angomás  ha sido suspendido porque emitió una sentencia de libertad a favor de tres reos condenados a diez años de prisión por el crimen de narcotráfico, en una decisión de una Corte penal que había adquirido la calidad de la cosa definitivamente juzgada.

Ese magistrado  ha defendido su controvertido fallo bajo el alegato de que  atendió un pedimento del Ministerio Público, pero resulta que el fiscal actuante  también ha sido suspendido por  el procurador general de la República y sometido a un consejo disciplinario.

Ambos magistrados tendrán la oportunidad, en sus respectivas instancias, de defender  el dictamen y la sentencia que  se han  constituido en piedra de escándalo, sin que se esgriman razones de persecución política o acoso personal.

Hay derecho al temor,   sin olvidar que las actuaciones de los servidores públicos, desde el Presidente de la República hasta el más humilde empleado, están expuestas al escrutinio y fiscalización de los órganos estatales con calidad para hacerlo, en este caso, la Suprema Corte de Justicia y la Procuraduría General de la República. Nadie está exento del cumplimiento de la ley o de la persecución penal.

El Nacional

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