LA HABANA, 26 Oct 2012 (AFP) – Dos oficiales, uno soviético desplegado en un barco en el mar y otro cubano en un sitio donde se instalaría el armamento nuclear, cuentan cómo vivieron la crisis de los misiles de Cuba, que hace 50 años puso al mundo al borde de una guerra nuclear.
En plena Guerra Fría, preocupado por el retraso soviético en materia de armas estratégicas y por las amenazas de Estados Unidos sobre la revolución cubana, el número uno de la Unión Soviética, Nikita Jruchov, decidió en mayo de 1962 enviar más de 40.000 soldados y decenas de misiles nucleares a la isla.
Vadut Kakimov, de 79 años, recuerda el día de julio de 1962 en el que, como joven oficial del Ejército Rojo, fue movilizado para la operación «Anadyr».
«Dejamos atrás el Báltico con la bodega llena de explosivos para hacer estallar el carguero en caso de ataque estadounidense», cuenta en una entrevista con la AFP.
«Ni siquiera el capitán del carguero estaba al tanto de nuestro verdadero destino: debía abrir sucesivamente tres sobres durante el recorrido del barco. Sólo cuando abriera el tercero, al ingresar al océano Atlántico, «se enteraría que debía poner proa hacia Cuba», narra el oficial.
«No olvidaré jamás ese viaje de 17 días y medio», suspira. «Las condiciones a bordo de las naves enviadas a Cuba eran agotadoras, algunos murieron durante el viaje y sus cuerpos fueron arrojados al mar».
«A principios de agosto desembarcamos en Cuba para instalar allí nuestras ojivas nucleares», cuenta a la AFP.
Ruben G. Jiménez Gómez, teniente coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas, fundador de los nuevos regimientos encargados de los misiles, y autor del libro «Octubre de 1962, la mayor crisis de la era nuclear», formaba parte de los cerca de 400.000 cubanos movilizados en la isla comunista.
«Mi compañía fue para la Sierra del Esperón, entre Caimito y Guanajay (unos 30 km al suroeste de La Habana); allí llegamos al amanecer del día 23. Mucho tiempo después nos enteramos de que nunca llegaron allí, porque ya venían en barco cuando comenzó el bloqueo naval y los soviéticos los regresaron».
Fue gracias a las fotografías aéreas tomadas por un avión espía U-2 que los dirigentes estadounidenses supieron el 16 de octubre de la presencia de los misiles.
Jiménez Gómez recuerda el momento en que «comenzaron los vuelos rasantes de la aviación norteamericana para controlar el estado de los trabajos de montaje de los cohetes».
«Las naves volaban muy bajo, tanto que cuando se inclinaban, uno podía ver hasta las cascos naranjas de los pilotos. Planearían a unos 100 m de altura», explica.
Washington anunció el 22 de octubre el bloqueo de la isla para impedir que las naves soviéticas continuaran entregando armamento y puso a las fuerzas estadounidenses en alerta máxima. El 27 un avión estadounidense U-2 fue derribado sobre Cuba. La crisis llegaba a su punto más álgido.
«Estábamos todos locos porque dieran la autorización para tirarles a los aviones estadounidenses. El día 27 de octubre nos enteramos de que habían derribado un U-2. Tuvimos una explosión de alegría, como si fuera una fiesta lo que había sucedido», narra el oficial cubano.
Pero «la situación se hizo más tensa con el correr de los días. Aquello se agravó hasta poner al mundo al borde de la guerra», recuerda.
«Pensamos entonces que la guerra era inminente. Vamos a morir todos», recuerda, por su parte, Vadut Kakimov, convencido en aquellos días de que debían «ayudar a los cubanos. Lo creíamos profundamente».
Finalmente, y cediendo al temor a una guerra nuclear, Washington prometió que no invadiría Cuba y que retiraría en secreto sus misiles de Turquía; Moscú se comprometió a repatriar los suyos.
«Descubrimos que el gobierno soviético decidió, sin consultar a Cuba, retirar los misiles. Nunca lo comprendimos. Algunos lloraron incluso», reconoce Jiménez Gómez.
«Uno o dos días después, el batallón nuestro se trasladó para la costa , cerca de la bahía de Mariel (al oeste de La Habana), y desde allí vimos salir los barcos soviéticos con los cohetes en la cubierta. Fue muy triste», agrega.
Vadut Kakimov explica que «un hermoso día de finales de octubre (de 1962) el comando nos anuncia: ‘vuestra misión ha sido cumplida, los norteamericanos no tocarán a Cuba'».
Recién 30 años después los estadounidenses se enteraron de que los soviéticos disponían de decenas de misiles tácticos sobre la isla, equipados con cabezas nucleares capaces de aniquilar cualquier fuerza invasora.

