Por: José Balbuena
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Un rey nunca tendrá lugar en una república, ni en un partido político, porque todos somos iguales.
Mientras Francia se sumergía entre las más tenebrosas profundidades de la inestabilidad política, social y económica con el gobierno del Directorio en 1797, la figura del general en jefe del Ejército Francés Napoleón Bonaparte, se erigía como el único redentor de la revolución, ya que simbolizaba en su persona la preservación de los ideales democráticos y republicanos por los que se había luchado, debido a las grandes y milagrosas proezas en el frente de batalla que le atribuía el periódico Le Journal en París.
Al regresar de las campañas de Egipto (fracaso militar pero rotundo éxito político para él) fue recibido como un salvador. En 1799 tomó el poder por medio del Consulado y se encargó de que las predicciones sobre su destino se convirtieran en realidad.
De aquí se desprende un pequeño período de paz y suma estabilidad en todos los sectores, son innumerables las grandes iniciativas positivas del primer cónsul, la creación de un gobierno centralizado, el Banco Central de Francia, los liceos, el concordato, reorganizó el sistema judicial, tipificó la legislación civil francesa con el Código Napoleónico y con otros seis códigos que garantizaban los derechos y libertades conquistados durante el período revolucionario, así como la igualdad ante la ley y la libertad de culto y muchos otros grandes aportes; su legado todavía impacta la sociedad civil de nuestros días.
La estrella de Napoleón brillaba imponente incluso ante los ojos del prestigioso Ludwig van Beethoven, quien ante la propuesta del embajador francés en Viena, Jean-Baptiste Bernadotte, le dedicó su Tercera Sinfonía titulada Heroica; suscribiéndose Beethoven, entre los más fervientes creyentes de este salvador, viendo esperanzado en él, un mañana donde reinaría la institucionalidad, y la igualdad de todos los hombres, donde la revolución finalmente impactara con sus beneficios a toda Europa, hasta que el pseudo republicano Bonaparte se auto coronó emperador de Francia en el año 1804.
La indignación de Beethoven fue tan grande que cuando borró el nombre de Napoleón de su dedicatoria rompió su lápiz y se rasgó el papel, y dijo: «Es una persona que se ha rebajado al nivel de un rey ordinario» «¡Ahora sólo… va a obedecer a su ambición, elevarse más alto que los demás, convertirse en un tirano!» Finalmente la obra fue titulada: «Sinfonía heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre» cuando se publicó en 1806.
Cuan amarga debió ser la decepción que embargó al artista al ver desenmascarado al hombre que una vez encarnó la revolución misma, el fin del imperio, el establecimiento de las repúblicas, cuanta desvergüenza e irrespeto debieron soportar aquellos ciudadanos quienes 10 años antes habían decapitado al Rey Luis XVI y aquel día testificaron en la Catedral Notre Dame de París a aquel nuevo tirano que vestía con un manto de 40kilos y 22 metros de largo adornado de diamantes y piedras preciosas mientras él mismo se coronaba como emperador de los Franceses para subyugar y avasallar, diciendo entre toda la fastuosidad y la pomposidad de aquella actividad: «Soy el instrumento de la providencia, ella me utilizará mientras yo cumpla sus designios, después me romperá como a un cristal». Cuan engañado debió sentirse el artista.
Ya que si bien es cierto que las esperanzas iniciales de Beethoven representaban la gran colectividad europea, no es menos cierto que su posterior lamento era también el clamor de la clase pensadora, de aquel entonces. Pero cuanta sublimidad y hermosura, cuanta esperanza y optimismo se despliega en el Tercer Movimiento Scherzo (Allegro) de la Tercera Sinfonía.
Lo que pudo servir para distinguir humildemente a un hombre que fuera fiel al compromiso que había asumido, y se mantuviera íntegro, honrado y limpio, vino más bien a inmortalizar la bajeza y la ambición insaciable del hombre que traicionó y vilipendió su patria. De un gran hombre que era solo un ideal, un héroe inexistente, finalmente la Heroica se refería a la memoria de la naturaleza de Napoleón, que una vez fue digna.

