Al excluir a Cuba de la infame lista negra de países que supuestamente fomentan el terrorismo, Washington confirma que la relación obedece a criterios políticos y no a prácticas que comprometan a los Estados afectados con atentados a la paz, el orden y la seguridad del planeta ni de ninguna nación.
No puede significar una amenaza una nación que, además de carecer de armas nucleares, tiene en su territorio la base naval estadounidense de Guantánamo. Desde 1982, hace 33 años, estaba en la infame lista de la que Estados Unidos la acaba de excluir. Su pecado ha sido no compartir los lineamientos de Washington.
La decisión era una condición para allanar el camino en el proceso para restablecer las relaciones diplomáticas y comerciales rotas hace más de 50 años, a raíz de la revolución liderada por Fidel Castro. Dada la oposición del ala republicana, la exclusión de Cuba de la oprobiosa lista era uno de los obstáculos más escabrosos en el proceso de negociación entre los dos países.
No había razón de ser para que Cuba estuviera en la oprobiosa lista. Solo se explica por el abuso de Washington contra las naciones más débiles.

