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La nueva cédula

La nueva cédula

Elvis Lima

Tras la muerte del tirano Rafael Leónidas Trujillo, la República Dominicana inició un camino marcado por transformaciones institucionales y políticas que, con el tiempo, han servido de base para construir la democracia que hoy conocemos. Cada avance institucional ha sido una batalla contra la desconfianza, el fraude y la manipulación del poder.

Uno de esos pilares lo constituye la cédula de identidad y electoral, un arma reglamentaria de la democracia, porque los votos no se pesan: se cuentan. En matemáticas, dos más dos son cuatro; en política electoral, las circunstancias. Por eso, la cédula no es un simple plástico: es un instrumento de poder ciudadano que marca pauta y define elecciones.

Su recorrido histórico revela cómo el país ha ido cerrando espacios al fraude.
En 1932 fue el famoso “librito” del trujillismo.

En 1992 llegó la cédula azul.
En 1998 apareció la amarilla, que se mantuvo vigente —con variaciones— hasta hoy.
Ahora entramos en una nueva etapa: una cédula blindada con los más altos estándares de seguridad de la región. Un documento con más de una docena de mecanismos antifalsificación: chip electrónico, códigos QR, microtextos, tintas invisibles, relieves táctiles, hologramas, impresión láser y validación biométrica.

Un muro tecnológico contra la suplantación de identidad y la compra de cédulas.
El pasado lunes, el presidente Luis Abinader y su esposa fueron los primeros en recibir el documento, marcando un antes y un después en la historia de la identificación civil del país. A partir del mes de abril comenzará la ruta crítica de entrega hasta completar su distribución nacional.

En frío, este blindaje no solo fortalece la confianza en los procesos civiles; en caliente, le cierra la puerta a una de las prácticas más corrosivas de la política dominicana: la compra de cédulas. Esa herida abierta que, aunque condenada por la ley, ha sido uno de los mayores escollos de los procesos electorales recientes.

La nueva cédula también habla en símbolos. Su color nacionalista, más sobrio y moderno, rompe con la estética desgastada del pasado. No es solo un cambio visual: es un mensaje político. El Estado se moderniza o se queda atrás.

El dominicano, por naturaleza, se resiste a los cambios. Siempre duda. Siempre sospecha. Pero esta vez la apuesta debe ser al optimismo vigilante. Porque ya estamos cansados de fracasos, excusas y trampas electorales.

La nueva cédula no es solo un documento de identidad: es una declaración de guerra al fraude, una muralla contra la desconfianza y una señal clara de que la democracia dominicana entra en una etapa más madura, más segura y más transparente.

Apoyarla no es un acto de fe ciega; es un acto de responsabilidad histórica.

Por: Elvis Lima

Limafueraderecord(@gmail.co

El Nacional

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