Durante años, en especial después de la pandemia y con cada vez mayor intensidad, se acusa a las redes sociales de hacer más daño que bien en una sociedad que de por sí está saturada de estímulos sociales.
Quince años atrás, cuando surgieron como una novedad más de la internet y la incipiente digitalización de la sociedad, el panorama era muy distinto.
Estas plataformas tenían el propósito de conectar personas —sin importar grado de familiaridad, nacionalidad, edad o estatus— y de ofrecer un escenario para intercambiar ideas y compartir conocimientos.
En aquellos años las redes sociales eran espacios que impulsaban el poder de la gente y que invitaban a la unión entre perfectos extraños para protestar y exigir cambios en estamentos particulares, como ocurrió con la célebre primavera árabe y otros movimientos espontáneos que tuvieron como escenario de manifestación a sitios como Twitter (hoy X) y Facebook.
Fue también en esos primeros años que marcas, compañías y gobiernos descubrieron en las redes sociales una oportunidad de conectar de manera más orgánica y eficiente con su público, fueran estos clientes, seguidores, usuarios o prospectos.
Asimismo, fue aquí que nació el fenómeno de la viralización, inicialmente espontánea y engendradora de las primeras estrellas de los medios digitales, incluyendo los hoy odiados influencers.
Esa evolución llevó a Facebook de una simple red social a un conglomerado hoy conocido como Meta y que abarca, entre otras cosas, a Instagram y WhatsApp.
Pero el mismo modelo que impulsó ese crecimiento es el que hoy pone en tela de juicio a las redes sociales de manera colectiva. Aunque el foco suele centrarse en Meta, la dinámica es extensiva a plataformas como TikTok y X, cuyos modelos algorítmicos operan bajo incentivos similares.
Lo que ha pasado es algo de lo que todos hemos sido testigos, algunos silentes, otros no tanto: redes sociales que pasaron de una experiencia relativamente familiar a espacios que promueven odio, discriminación, falsedad y toxicidad a nivel generalizado. La gente pasó de buscar conexiones genuinas a usar estas plataformas como escaparate de una versión idealizada de sus vidas, generando imitaciones, envidia y una competencia constante.
En más de una ocasión se ha señalado a las redes sociales como culpables de generar baja autoestima, depresión y ansiedad, elementos que afectan directamente la salud mental y que en ocasiones terminan en suicidios y otras situaciones lamentables.
El tema vuelve a estar sobre el tapete porque, por fin, ejecutivos de estas plataformas se ven en la obligación de comparecer ante tribunales en Estados Unidos en el marco de demandas impulsadas por fiscales estatales y familias afectadas, donde la habitual protección de la Sección 230 ya no opera como escudo automático frente a alegaciones de daño sistémico.
Por años, esta llamada “Sección 230” sirvió de taparete a Facebook, YouTube, Snapchat y otras para que los usuarios, literalmente, se mataran entre sí en estas plataformas mientras los ejecutivos estudiaban su comportamiento y definían estrategias de crecimiento en base a su explotación. Para quienes no están familiarizados con el tema, la Sección 230 es una porción de la Ley de Decencia en las Comunicaciones que ha favorecido a las redes sociales al no hacerlas sujeto de demandas legales por aquello que publiquen los usuarios.
Si bien es cierto que como usuarios tenemos la habilidad y capacidad de ponernos límites y establecer controles, también es un hecho que las redes sociales modificaron deliberadamente su arquitectura de producto —desde el scroll infinito hasta los sistemas de recomendación algorítmica— para generar un apetito continuo por lo que ofrecen y para impulsar tanto morbo como conflictos porque eso, lamentablemente, “vende”, aun si estas plataformas son

