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La verdad: dilema socia

La verdad: dilema socia

Eduardo Álvarez

Es la vida. Enfatizada en su individualidad, es propia de cada persona, con diferentes formas, colores y matices.

Cada cual asume su propia realidad, por lo que no sería descabellado afirmar que, en este planeta, existen entre 8 y 9 mil millones de verdades que buscan validar su presencia y, quizás, proyectarse en ella.

Así, la intensidad y el significado de cada vida adquieren un carácter que tiende a diluirse en lo colectivo.
Es más un objeto de estudio para la antropología y la psicología que para la sociología.

Compartida, la vida/verdad entra en un dilema social que cuestiona su condición robusta e inquebrantable.

Esto suele degenerar en conflictos que requieren el arbitraje de entidades autorizadas por la ley y un mandato divino.

Pero estas reflexiones, a riesgo de ser obvias o llover sobre mojado, posiblemente se justifican —no en el dilema de establecer qué es o no cierto—, sino más bien en llegar a conclusiones que nos convenzan de la validez y consistencia de cada verdad, es decir, en cada individuo con sus urgencias, motivos y circunstancias.

Que sea validada y reconocida en cada persona “¡a menudo requiere un poco de coraje!”.
Este grito de Hamlet explica la necesidad de ser coherente, de adherirse a un curso de acción y un propósito.

En este punto, los estereotipos son de poca utilidad. Tampoco las propuestas éticas o deontológicas aportan nada a esta meditación.

De lo que se trata es de comprender que la condición obstinada e incuestionable inherente a la verdad tiene que ver con lo que conecta a cada persona con su propia existencia y el grado de participación y cualificación que su coraje —recurrimos de nuevo a Hamlet— le permite alcanzar. Así, podemos hacer de nuestra verdad/vida lo que queramos.

“Es una joya que nunca se pierde”, como también dijo Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces.
Cuando se fragmenta, como un espejo roto, lo que creemos verdadero se multiplica en muchos pedazos de verdades, a menudo distorsionadas.

Evitar esta fragmentación nos preserva y nos ayuda.
De esta manera, todo lo que hacemos nos refuerza y reafirma.

Así, nos convierte en parte esencial de un credo social, político y económico en el que nos validamos mediante la coherencia con la que actuamos.

Prueba inequívoca de que cada persona puede construir, con su propia vida, una verdad incuestionable, según las circunstancias.

Confirma estas referencias de vida/verdad: propia de cada quien.