Hay quien suspira por los gloriosos tiempos de Trujillo, cuando los inmigrantes negros y pobres “no se veían” porque estaban sabiamente guardados en los bateyes azucareros. Era una paz visual envidiable: trabajaban, sudaban y callaban.
Hoy el verdadero escándalo es que ya no vienen solos. Traen mujeres, niños, color, pobreza y costumbres. Todo eso —aseguran— arruina la postal de una sociedad que se imagina blanca, disciplinada y cristiana… siempre y cuando la producción no se detenga.
La consigna se repite con entusiasmo importado: Make Dominicana Great Again.
El trato que Trump dispensa a dominicanos y demás latinoamericanos en Estados Unidos se parece sospechosamente al que nosotros reservamos a los haitianos. Allá les dicen “ilegales”; aquí también. La palabra es un conjuro perfecto: deshumaniza.
“Ilegal” suena a criminal. “Indocumentado” parece más elegante, porque habla de papeles y no de personas. El inmigrante es el villano ideal: no vota, no tiene lobby y nadie sale a defenderlo.
La inmigración se gestiona con miedo: miedo a que el país ya no nos pertenezca… y a que el color promedio se oscurezca peligrosamente.
En las crisis, la Iglesia suele guardar silencio; solo el arzobispo Ozoria se atrevió a decir algo y, según él mismo, sus enemigos internos lograron destituirlo.
Mientras tanto, seguimos convencidos de que todos los haitianos bailan vudú de lunes a viernes, aunque muchos —para colmo— ahora son evangélicos. Eso sí, entre tantas iglesias, ninguna aparece cuando hay que dar la cara.
En Estados Unidos deportan; aquí cobran coima y el trabajador regresa a su puesto como si nada. Sacamos a muchos, pero la agricultura y la construcción siguen rogando por la mano de obra que sostiene el crecimiento económico.
España lo entendió: en los años 70 exportaba trabajadores y vivía de remesas; hoy ha integrado a millones de inmigrantes que producen y aportan. Lecciones hay, ganas no tantas.
Trump acepta migración europea; nosotros aceptamos chinos y venezolanos, pero haitianos… no. El Instituto Duartiano ha secuestrado a Duarte para atacar a Haití, olvidando que el Patricio no fue racista y admiró su lucha anticolonial. Con la fiebre antimigrante, hasta el nuevo presidente de Chile vino a mirar nuestro muro fronterizo: dinero malgastado, porque la gente siempre encuentra cómo cruzar.
La migración es buena y necesaria. Regularla, también. Empecemos documentando a quienes llevan décadas aquí y a sus descendientes. Alabar a Trump es una parodia… pero de muy mal gusto.

