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Makikí

Makikí

Fernando De León

Estoy convencido de que la felicidad, al menos para los pobres, no es un estado. Estamos sentenciados ser feliz, en algunos episodios de nuestra existencia. Esto es, a retazos o a cuenta gotas.

Esta realidad se hace más patética si pertenecemos a un país como el nuestro. Por lo no institucional en la cosa pública, Dominicana genera desesperanzas y, si uno tiene una actitud de contracultura y no está de acuerdo con el orden desordenado; se dificulta el progreso material, y felizmente, sentirse satisfecho.

Pero, partiendo de lo expuesto-que es mi punto de vista-, en un país como el nuestro y, en una sociedad de pícaros que se caracteriza por el individualismo, debemos aceptar que hay un placer auténtico: la armonía y unidad familiar.

Me sentí rebosante de felicidad, cuando hace poco, a través de WhatsApp, vi un vídeo en cuya escena mi hermano mayor, Luis Alfredo De León (Makikí), a sus 82 años, bailaba salsa con una de mis sobrinas, es decir una de sus hijas.

Pensionado como combatiente constitucionalista que construyó las trincheras de Ciudad Nueva y la Zona Colonial, en 1965; también en su mocedad, vendió los tabloides de domingo y la lista para buscar el sustento diario; fue pelotero amateur y no llegó a más, porque tenía que cubrir nuestras elementales necesidades. Camino a ser un nonagenario y con una salud aceptable, hoy disfruta al lado de sus siete hijas, algunas residiendo en el exterior.

Henchido de satisfacción, observé el baile gracioso del hermano que tantas veces me hizo ‘millonario’ en mi adolescencia.

El Nacional

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