México entra en una nueva fase de su larga guerra no declarada entre narco y Estado con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), abatido en un operativo federal en la sierra de Tapalpa, Jalisco.
Su caída, lejos de cerrar un capítulo, amenaza con reconfigurar el mapa criminal, disparar disputas por la sucesión y multiplicar la violencia en varios estados, como ya muestran los bloqueos, quema de vehículos y suspensión de clases en múltiples municipios.
El impacto social inmediato se mide en el miedo cotidiano: carreteras cerradas, ciudades paralizadas, comercios bajo extorsión preventiva y la sensación de que el poder real sigue en manos de grupos armados capaces de desafiar al Ejército en más de veinte puntos a la vez.
En lo político, el Gobierno federal trata de presentar el operativo como un “parteaguas” en la estrategia de seguridad, comparable a los golpes contra el cártel de Sinaloa, pero el ciudadano de a pie ve, sobre todo, un ciclo que se repite: cae un capo, se fragmenta la organización, se disparan los homicidios.
La relación del CJNG con el poder bajo Morena no es lineal ni homogénea, pero sí ilustrativa de una dinámica de connivencias locales y ambigüedades federales.
Expedientes y denuncias recientes revelan que en Tequila, Jalisco, un alcalde de Morena habría pactado entregar hasta 40 millones de pesos anuales al CJNG, montando una red de extorsión y secuestro para financiar al cártel y, de paso, su propia estructura política.
A nivel nacional, informes de centros de investigación señalan que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador habría tolerado o tejido acuerdos de facto con grupos criminales rivales del CJNG para contener su expansión, difuminando la línea entre estrategia de seguridad y negociación inconfesable.
Este contexto erosiona la narrativa de “abrazos, no balazos” y coloca bajo escrutinio a la sucesora política de López Obrador, la presidenta Claudia Sheinbaum.
Cada revelación de pactos locales con el CJNG bajo gobiernos morenistas alimenta la percepción de que el proyecto de la Cuarta Transformación no logró desmontar la simbiosis entre crimen organizado y estructuras de gobierno, sino que, en algunos territorios, la heredó y la administró.
La muerte de El Mencho, lejos de ser capital político automático para Sheinbaum, puede transformarse en un boomerang: si el vacío de poder desata más violencia, la responsabilidad recaerá sobre la actual administración, y cualquier investigación que exhiba tolerancias previas salpicará de manera directa la imagen presidencial.
Por: Orlando Jorge Villegas
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