Aunque a oídos de muchos resulte blasfemia, es pertinente insistir en que, a la par con los esfuerzos solidarios que se emprenden para asistir al pueblo haitiano, asolado por una tragedia sin precedentes, se requiere que el gobierno dominicano aplique medidas de precaución en la frontera terrestre, a los fines de evitar posibles desbordamientos migratorios, derivados de la desesperante situación que embarga a millones de ciudadanos haitianos.
El señalamiento del presidente Leonel Fernández, de que no es previsible que se produzcan bruscos desplazamientos hacia la zona fronteriza, no alcanza a tranquilizar a quienes temen que el estado de desorganización imperante en Haití genere un caos mayor que a su vez provoque bruscos flujos migratorios hacia el lado oeste de la isla.
No pocas organizaciones internacionales abogan ya por la apertura de par en par del hilo fronterizo, como si esa fuera la solución a una tragedia sin par, o quizás con el no disimulado deseo o propósito de aprovechar el holocausto para imponer el designio aquel de una e indivisible.
En los aciagos momentos que padece el pueblo haitiano, gobierno y sociedad dominicana han mostrado al mundo su indeclinable don de bien y elevado espíritu de solidaridad, como lo demuestra el vasto programa de ayuda a Haití, que incluye habilitar 50 mil viviendas, ofrecer asistencia médicas a 200 mil niños y 100 mil mujeres, así como garantizar alimentos a 100 mil familias.
La comunidad internacional no debería aspirar a que Republica Dominicana asuma el sacrificio mayor de desatender la franja fronteriza para que se aliente un flujo incontrolable desde la zona de desastre, porque eso sería sacrificar a una población que hace tiempo cumple el rol de samaritano ante el calvario haitiano.
Las autoridades han suspendido las repatriaciones de ilegales y han colocado todo el ensamblaje hospitalario y de asistencia pública al servicio del sufrido pueblo haitiano, pero no debería aspirarse a otro holocausto social en el lado este de la isla.
Toda la ayuda prometida no alcanza para subsanar tan cruenta tragedia, por lo que el proceso de reconstrucción de Haití tardará más de una década y requerirá de miles de millones de dólares y de grandes aportes en recursos humanos y tecnología. Es por eso que metrópolis y élites abogan por el absurdo de la integración migratoria, como camino más corto hacia el alivio.
El Gobierno está compelido a otorgar prioridad a los programas cautelares fronterizos o a exhortar a la población dominicana que empiece a llorar temprano.

