Populismo



En solo una semana las consecuencias del populismo quedaron expresamente expuestas en diferentes países y desde distintos ángulos, mostrando cómo este opera como un cáncer que se alimenta de las células sanas de una democracia, y luego se esparce hasta convertirse potencialmente mortífero a su huésped.

El cáncer populista forma raíz en los descontentos razonables y legítimos naturales al lento avance de las instituciones democráticas en solucionar aquellos problemas que ineludiblemente afectan a su ciudadanía.

Los problemas en las sociedades no suelen ser simples, sus soluciones mucho menos. El reto con ello es que cómo seres humanos, experimentamos esos problemas desde la perspectiva de individuos, y cómo tales, tenemos una particular inclinación a las soluciones simples. Y son esos individuos los que eventualmente se convierten en votantes.

El populismo es un obstáculo para solucionar problemas Y ahí suele radicar el éxito populista. El populismo es un marketing efectivo en reducir la naturaleza de un problema a una sencillez y a su solución como un planteamiento de sentido común. Y nada ha probado ser más efectivo para ese tipo de marketing que apelar al tribalismo natural y evolutivamente atractivo en los seres humanos.

Así los problemas son reducidos a un “ellos” que pueden ser los ricos, los inmigrantes, los miembros del partido opuesto, las élites, etc. frente a “nosotros” la clase, de cualquier naturaleza, virtuosa.

Este discurso es fácilmente complementado por la figura del “mesías”, el único capaz de asegurar la victoria del “nosotros” sobre el “ellos”. Y ahí es donde el cáncer populista hace metástasis.

El populista mesiánico se convierte en el objeto del Estado, y las figuras de control dentro de un Estado democrático (los anticuerpos por así decirlo) se convierten en el obstáculo a la “solución”. En la búsqueda de la solución simple se sacrifican los “obstáculos” y en una ronda de aplausos nuestras democracias son sacrificadas.
Es tan predecible que es triste.