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Del vinilo al streaming: ¿Quién manda realmente en la vida de un artista?

Del vinilo al streaming: ¿Quién manda realmente en la vida de un artista?

Sin una disquera detrás, el talento podía quedar confinado al anonimato, por más calidad artística que tuviera.

Durante décadas, las casas discográficas no solo fueron intermediarias entre el artista y el público. Fueron arquitectas del sueño.

En la era en que la industria se sostenía sobre la venta física de discos, vinilos, casetes, CD, el sello discográfico era prácticamente una condición de existencia, ya que grababa, fabricaba, distribuía, promovía y, sobre todo, legitimaba.

Sin una disquera detrás, el talento podía quedar confinado al anonimato, por más calidad artística que tuviera.

En ese contexto, la participación de las discográficas era trascendente y, muchas veces, determinante.
El artista dependía de su músculo financiero para acceder a estudios profesionales, campañas de promoción en radio y televisión, giras, prensa especializada y presencia en tiendas.

Hoy, las cifras son astronómicas, miles de millones de reproducciones que superan, en volumen, cualquier parámetro del pasado.

A cambio, el artista cedía control, sobre su repertorio, su imagen, sus tiempos creativos y, en no pocos casos, sobre los derechos de sus obras.

La ecuación era clara, tenía visibilidad a cambio de propiedad. Así se construyeron catálogos históricos, pero también se gestaron incontables historias de explotación y contratos leoninos.
Los números de aquella época, vistos hoy, parecen modestos. Un disco que vendiera 100 mil copias era un éxito, superar el millón lo convertía en un fenómeno. Sin embargo, esas ventas tenían un valor económico directo y tangible.

Cada copia representaba un ingreso concreto y medible, aunque la industria se movía a un ritmo más lento, pero más estable, con ciclos largos y carreras diseñadas para durar.

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La revolución digital cambió las reglas del juego. Las plataformas de streaming transformaron la música en un flujo constante, global e inmediato.

Hoy, las cifras son astronómicas, miles de millones de reproducciones que superan, en volumen, cualquier parámetro del pasado.

Un artista puede acumular en semanas escuchas que antes tomaban años. Pero la paradoja es evidente, nunca se había consumido tanta música y, al mismo tiempo, nunca había valido tan poco por unidad.
La venta fue sustituida por la reproducción, y el ingreso se fragmentó en micropagos.

En este nuevo escenario, el rol de las casas discográficas dejó de ser imprescindible para convertirse en estratégico.

Muchos artistas optan por la independencia porque hoy pueden grabar en casa, distribuir globalmente con un clic y comunicarse directamente con su audiencia.

El artista tiene mayor control sobre su discografía, su narrativa y su marca personal. La autonomía creativa es, sin duda, uno de los grandes logros de esta era.

Sin embargo, pensar que las discográficas han perdido relevancia sería un error. Lo que ha cambiado es su función. Ya no venden discos, gestionan ecosistemas.

Las disqueras aportan capital para escalar proyectos, acceso a playlists influyentes, alianzas globales, estrategias de marketing digital, sincronizaciones, giras internacionales y protección legal en un entorno cada vez más complejo.

En un mercado saturado de contenido, la visibilidad vuelve a ser un recurso escaso, y ahí las grandes estructuras siguen marcando diferencia.

La pregunta no es si las casas discográficas son necesarias, sino para quién y en qué momento de la carrera. Para algunos artistas, la independencia es libertad y sostenibilidad; para otros, una disquera sigue siendo el puente hacia audiencias masivas y mercados a los que solos no podrían acceder. La industria ya no es un modelo único, sino un menú de opciones.

En definitiva, la trascendencia de las discográficas no ha desaparecido, se ha transformado.
Antes eran guardianes de la puerta, hoy son socios, a veces incómodos, a veces indispensables, en una industria donde el artista tiene más voz, pero también más responsabilidades.

La clave ya no está en elegir entre pasado o presente, sino en entender que el poder cambió de forma, no de lugar.