Najayo, San Cristóbal.— Tras tres décadas tras las rejas, Mario José Redondo Llenas cruzó este martes las puertas del Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo Hombres. Eran las 7:03 de la mañana. Afuera lo esperaban cámaras, micrófonos y un país que aún no olvida.
Con voz contenida, pidió perdón. No una vez, sino varias. Perdón a la sociedad, dijo, por el crimen que marcó a toda una generación: el asesinato de su primo, el niño José Rafael Llenas Aybar.
De pie, frente a los medios, reconoció el peso de sus actos. “Nada repara el daño causado”, expresó, al tiempo que afirmó estar arrepentido. Sus palabras, medidas y pausadas, giraron en torno a una idea insistente: el dolor no tiene marcha atrás. “Salgo convencido de que no podré reparar completamente lo ocurrido; esa será mi deuda moral”, admitió.
Pidió también respeto. Para su persona, para las instituciones y, sobre todo, para quienes han sufrido las consecuencias de aquel hecho que estremeció al país. Sostuvo que el tiempo en prisión le permitió reflexionar, reconstruirse y cambiar, aunque —reconoció— sin borrar lo irreparable.

Durante una rueda de prensa, evitó profundizar sobre si hubo otras personas implicadas en el crimen ocurrido en mayo de 1996. “El tiempo me dirá”, respondió escuetamente.
Redondo Llenas estuvo acompañado por su hijo, Daniel Redondo, y su abogado, Dionisio Ortiz. Fue entregado formalmente por el encargado del recinto, Santo Castillo Pujol.
Su salida no solo marca el final de una condena de 30 años. Reabre, también, una herida que sigue latente en la memoria colectiva de la sociedad dominicana.

