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De entrada lo dudo. El personaje de Enriquillo, el cacique que se alzó en la sierra de Bahoruco en 1519, ocupa una dualidad compleja: por un lado, el individuo documentado en las crónicas coloniales y, por otro, el símbolo romántico erigido por el indigenismo criollo del siglo XIX.
Cuando analizamos la existencia histórica de esta figura frente a su conceptualización como mito fundacional, argumentando que, si bien su base es real, su narrativa fue moldeada para satisfacer necesidades de identidad nacional.
No voy a poner en tela de juicio la existencia de Enriquillo, porque está ampliamente respaldada por fuentes primarias.
El cronista español Fray Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, ofrece un relato detallado de su educación con los franciscanos y las causas de su rebelión en 1519.
También la documentación de la Real Audiencia de Santo Domingo corrobora señalando los gastos militares incurridos por la Corona para sofocar su guerrilla y las negociaciones finales, que las sitúan en 1533 lideradas por Francisco de Barrionuevo.
Enriquillo fue un sujeto colonial transculturado y lo demostró con su capacidad para utilizar el sistema legal español antes de recurrir a las armas y su dominio de tácticas de guerra de guerrillas revelando una sofisticación intelectual que desafía las simplificaciones históricas. Su rebelión fue, en esencia, una demanda de justicia individual dentro del marco del derecho castellano que le había sido negado.
La rebelión
El alzamiento de Enriquillo fue una reacción personal ante la falta de garantías jurídicas en el caso del abuso del colono Andrés de Valenzuela contra su esposa, Mencía, y el robo de sus bienes. No fue una rebelión de carácter nacionalista, por lo que hay que situarlo como un conflicto de derechos civiles y propiedad. Ese alzamiento no fue un acto de rechazo a la civilización europea per se, sino una respuesta a la ruptura del pacto legal español.
Cuando el colono De Valenzuela abusó de su esposa, Mencía, y le despojó de sus bienes, Enriquillo agotó las instancias legales en San Juan de la Maguana y ante la Audiencia en Santo Domingo. La falta de justicia fue el catalizador que lo llevó a la Sierra de Bahoruco. Esta guerrilla representó un desafío económico y militar para la Corona, obligando finalmente al emperador Carlos V a proponer una capitulación pacífica en 1533.
Crítica de Utrera
Para comprender a Enriquillo más allá del mito, es imperativo recurrir a los cuestionamientos de Fray Cipriano de Utrera. El historiador capuchino fue pionero en señalar las discrepancias entre el registro documental y la leyenda. Utrera argumentó que la historiografía tradicional, influenciada por Manuel de Jesús Galván, exageró el linaje de Enriquillo para elevarlo a un estatus de realeza casi europea, cuando -señaló- los documentos lo situaban más como un vasallo con derechos específicos.
Utrera subrayó la naturaleza del tratado de paz. Mientras la narrativa nacionalista presenta el pacto como una victoria de la libertad indígena, Utrera documentó que el acuerdo convertía a Enriquillo en un colaborador de la administración colonial, con la obligación de perseguir y capturar a otros indígenas y negros cimarrones que permanecieran alzados.
Esta visión desmitificadora sugiere que la rebelión de Enriquillo fue una lucha por el reconocimiento dentro del sistema, más que un intento de derrocarlo.
Concepto cultural
Enriquillo como concepto cultural nace formalmente en 1882 con la novela de Galván, en un momento en que República Dominicana necesitaba diferenciarse de España (tras la Anexión) y de Haití y la figura del indio se convirtió en el ancestro ideal.
Era un antepasado seguro, católico, hispanizado y noble, lo que permitía a la élite dominicana reclamar una raíz autóctona sin renunciar a la herencia cultural hispánica. En este sentido, Enriquillo dejó de ser un individuo histórico para convertirse en una herramienta pedagógica y política.
Estamos conteste que Enriquillo existió como un estratega astuto y un hombre de su tiempo que supo navegar las contradicciones del sistema colonial. Sin embargo, el Enriquillo que hoy habita en el imaginario popular es, en gran medida, una construcción intelectual. La labor de historiadores como Cipriano de Utrera es vital, no para minimizar la gesta del cacique, sino para rescatar la complejidad humana de un personaje que fue capaz de forzar al imperio más grande de su época a sentarse a negociar, a pesar de las limitaciones de su realidad colonial.
En resumen, Enriquillo no luchó por la independencia nacional, sino por su honor y bienes personales.
El cacique no fue el gran emperador taíno, muy por el contrario, fue un vasallo transculturado que conocía bien las leyes.
El pacto de 1533 no fue una independencia, sino una capitulación, en el cual Enriquillo se volvió colaborador, porque persiguió y entregó a los españoles a quienes lo acompañaron en su lucha.
El propósito de estas entregas no buscan destruir la figura de Enriquillo, sino humanizarlo y rescatar al hombre real debajo de las capas de pintura que le puso el nacionalismo dominicano.
Este concepto surgió del indigenismo del siglo XIX que fue un movimiento cultural, literario y político en América Latina que centró su atención en la figura del indígena desde una perspectiva externa y romántica.

