¿Qué Pasa?

Rubén Blades despide a Willie Colón y convierte la ruptura en legado

Rubén Blades despide a Willie Colón y convierte la ruptura en legado

La muerte de Willie Colón no solo activó la nostalgia de la salsa, abrió también una herida íntima y pública en uno de los relatos más complejos de la música latinoamericana.


Desde sus redes, Rubén Blades despidió al trombonista neoyorquino con una mezcla de elegía, ajuste de cuentas y reivindicación histórica. Un testimonio atravesado por la memoria, el conflicto y la trascendencia.


Colón, titán del género, arquitecto sonoro de barrio y productor audaz, murió el 21 de febrero de 2026. Pero en la narrativa de Blades no hay clausura, sino continuidad.


El panameño recordó la última vez que lo vio, en abril de 2023, en el velorio del bongosero Jorge “Georgie” González. Ese reencuentro, inesperado y cordial, funcionó como metáfora de una relación que sobrevivió a la distancia, a las disputas judiciales y a las divergencias políticas.


Dos figuras que la industria quiso presentar como antagonistas terminaron reconociéndose como cómplices de una revolución estética.


La crónica emocional retrocede a 1967 o 1968, cuando un joven Rubén Blades presenció en Panamá a la banda de Colón y Héctor Lavoe. Allí se sembró una alianza que, seis álbumes después, alteraría la arquitectura de la salsa.


Discos como Siembra no solo ampliaron el mercado, redefinieron el contenido. La salsa dejó de ser exclusivamente música para el baile y asumió el relato urbano, la crónica social, la afirmación identitaria.


En temas como Plástico, el llamado a la unidad latinoamericana quedó grabado como manifiesto cultural.


Rubén Blades subraya algo que la crítica sociológica no debería pasar por alto: la dimensión política del proyecto. En plena efervescencia migratoria y en un Estados Unidos convulso, dos jóvenes, uno de Panamá y otro de Nueva York vía Puerto Rico, convirtieron la salsa en plataforma de conciencia continental. No era solo música, era pedagogía popular. Era barrio con brújula ideológica.


Pero la grandeza del texto radica en que no evade las sombras. Blades admite su desconcierto ante la demanda judicial que Colón interpuso contra él por dinero de un concierto.


Confiesa también su molestia por el apoyo del trombonista a Donald Trump. Sin embargo, se rehúsa a cancelar la obra por las diferencias. En tiempos donde la polarización impone trincheras, el gesto resulta contracultural: reconocer lo admirable sin negar lo reprochable.


Hay también un reconocimiento a la inquietud creativa de Colón más allá del circuito comercial, como en El Baquiné de los Angelitos Negros, y a su solidaridad en momentos tensos, como cuando Blades interpretó Tiburón en Miami o cuando defendió sus palabras en el mítico Studio 54.


El cierre del mensaje conecta generaciones: Blades alude a las banderas latinoamericanas exhibidas por Bad Bunny en el Super Bowl como eco de aquel primer llamado continental en Plástico. La semilla sembrada hace casi cinco décadas germina en nuevas voces. La identidad no es museo, es proceso.


Más que una despedida, el texto es una tesis sobre la complejidad humana y la persistencia del legado. Willie Colón, sostiene Blades, no muere, se transforma en patrimonio cultural. Y en esa afirmación late una idea mayor: la música, cuando se hace con conciencia, trasciende a sus autores.

Texto íntegro publicado por Rubén Blades:

«A WILLIE COLON

El 21 de febrero del 2026, se ha mudado “al otro barrio” un titán de la música del género de salsa, William Anthony Colón, mejor conocido como Willie Colón.


Recuerdo perfectamente la última vez que lo vi, el 3 de abril del 2023, en el velorio de nuestro amigo y colega, el bongosero Jorge “Georgie” González. Estaba conversando con José Massó y su esposa Divina cuando sentí una mano en mi hombro. Me volví y allí estaba Willie. Si a mí me sorprendió verlo, el resto de la gente presente casi se desmaya al vernos juntos.


Contrario a lo que quizás algunos esperaban, nuestra conversación fue cordial. Y es que, a pesar de los pesares que existían y existirán, ambos siempre respetamos lo que hicimos y las experiencias por las que atravesamos durante esos seis años y seis álbumes juntos, creando direcciones musicales inéditas hasta ese momento, en un género colmado de inconmensurables talentos.


Fue en 1967 ¿o 1968?, cuando conocí a Willie y a Héctor en Panamá, la primera vez que fueron para amenizar unos carnavales. No había oído hablar de ellos, pero la tarde que los vi actuando en una tarima en la Plaza Cinco de Mayo y Avenida Central, la energía y sentimiento de rebeldía que emanaban de la joven banda me convirtió en un «fan» para siempre.


Allí sostuve mi primera conversación con Willie, sin que imagináramos que en pocos años crearíamos una conexión personal, emocional e intelectual, capaz de cambiar la estructura tradicional de la salsa, desde un esquema de temas con letras y de arreglos dirigidos al baile y estrictamente limitados a la realidad del barrio, a una música de contenido urbano y nacional, que no evadía la presentación del asunto político.


Sin haberlo premeditado, nuestra combinación proyectaría al género afrocubano a otras dimensiones, y lo haría incluso a nivel mundial. Fue mi fortuna el encontrar a un músico con la inteligencia necesaria para comprender el sentido panamericano de mis composiciones y brindarles la oportunidad de ser escuchadas internacionalmente a través de su orquesta.


La ambición de Willie no se limitó a la salsa. Lo demuestra, entre otros, el excelente concepto de su producción musical, «El Baquiné de los Angelitos Negros», su banda sonora para un programa de televisión de la PBS (Public Broadcasting System). Ese poco conocido disco es una muestra del riesgo que Willie estaba dispuesto a asumir para satisfacer su curiosidad por encontrar nuevos caminos, aún a expensas de las demandas que el éxito comercial imponía en ese momento a su carrera.