Administrar los silencios del poder puede ser un arte de sabiduría y sentido de autocontrol para el que gobierna; y un método de control de la información para engañar. Sabe uno que a las dictaduras comunistas les son útiles para embozar al pueblo y para ocultar la verdad.
Rusos y chinos han sido maestros manejando el silencio: los gulags, la economía…; en China todavía perduran las heridas abiertas con el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural, una purga que se cobró más de dos millones de vidas, en 10 años de sangriento caos, economía arrasada, y un patrimonio cultural milenario destruido; Tiananmen, con miles de personas asesinadas a mansalva.
Hoy estos eventos traumatizan a rusos y chinos, y lo penoso es que lucen olvidados gracias al silencio impuesto, e incluso admirados quienes mantienen esas heridas que no cicatrizan porque siguen infectadas.
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Pero el modelo aplica para nuestra democracia en donde debemos seguir dando votos de censura a las autoridades a riesgo de incomodarse ante tantos desaciertos, la corrupción estructurada en el Estado; también a los rendidos a los santuarios del dinero y del poder, a los discursos comprimidos y nebulosos que esconden silencios cómplices y, porqué no, los lobbies antivalores y antipatrióticos.
A todas estas lacras que se imponen por encima de las obligaciones de la ley, y protegidos por esa vieja estrategia de lo no dicho, de esa herramienta de control que son los silencios del poder, debemos enfrentar para lavar las impurezas de casos como Senasa; o la insania procelosa del narco, o el comportamiento de algunos desorejados funcionarios con excentricidades inexcusables.
El pueblo no está satisfecho porque no se han hecho públicos todos los nombres de sus verdugos, y que siempre le recuerdan la renuencia del poder a inculparles por sus delitos. Eso sí, siempre referencias indirectas de consuelo ante evidencias tan abrumadoras, con gran despliegue mediático, aunque a regañadientes pues el tufo maloliente de los casos obliga a actuar. Pero una cosa son las buenas palabras, otra la realidad.

