Articulistas Opinión

Sueño americano

Sueño americano

Pedro Pablo Yermenos

Lo imprevisto ocurrió. Pese a la fortaleza física del padre, que dominaba toros como muñecos de trapo, cayó fulminado por un infarto que no permitió ni desabotonar su camisa para que tomara aire.

Aquella mole humana que parecía indemne ante inclemencias terribles de la campiña cibaeña, dejaba esposa y diez hijos, el menor con apenas cinco años. Ahora qué haremos, se preguntaban dos hermanos mayores que vivián en la capital recién ingresados en la universidad.

Alquilaron una casa, trajeron la mamá y el resto del batallón.
Empezaron a conseguir trabajo para reunir el dinero de sufragar los gastos de tamaña multitud. Poco después se convencieron que de aquel mayúsculo esfuerzo solo quedaría el cansancio y un futuro que, al no poderse formar adecuadamente, se percibía con escasas perspectivas.

Pesadilla de un sueño
El segundo de la tropa lo comunicó de sorpresa: “Me voy para Nueva York”. Pensaron que era broma, hasta que mostró pasaporte visado y pasaje. Pocos años después se fue otro hermano y pudieron llevarse a su mamá.

La meta era que la totalidad se instalara en la ciudad de los sueños de tantos dominicanos, la mayoría de los cuales bajo la premisa falsa de que en corto tiempo puede amasarse fortuna.

Solo el mayor dejó establecido desde el principio que echaría el pleito en su país porque para eso estaba estudiando.
Uno de los menores se desesperó ante la pesada burocracia de las gestiones. Tomó la más dramática de las decisiones. Se iría ilegal y a escondidas de la familia. De esa forma inició un periplo que lo llevó a una isla de El Caribe; a Guatemala; a México y a la tierra prometida. Pasaron tres largos meses sin tenerse noticias de él.

A sus hermanos se les agotaron los inventos para tranquilizar a la angustiada madre que día tras día preguntaba por su cachorrito extraviado.

Desde Los Ángeles llamó al hermano que residía en Nueva York y le dio las coordenadas de donde se encontraba. Al día siguiente tomó el primer avión para volar al rescate de quien consideraba un resucitado. Del aeropuerto fue directo al lugar indicado.

Le sorprendió el tumulto y la ambulancia estacionada en la entrada del edificio. Como pudo, se acercó a la escalera de acceso por donde bajaban los paramédicos con la camilla cargando el paciente canalizado.
Todos se asombraron del extraordinario parecido entre el moribundo y ese hombre que gritaba frenético, “es mi hermano”.

Pedro Pablo Yermenos

Pedro Pablo Yermenos