Reportajes

Un viralatas “narra” su trajinar día a día en las calles de Santo Domingo

Un viralatas “narra” su trajinar día a día en las calles de Santo Domingo

Jorge González
jgo.jorgegonzalez@gmail.com

Era un día cualquiera, quizás también una hora cualquiera, cuando sentí la lengua fría de mi madre limpiando mi cuerpo. Había nacido, tras 63 días de disputas constantes con mis otros cinco hermanos en el vientre de mi progenitora.


Ahora en esta circunstancia empiezo a pensar en lo extraño que ha sido la vida, pero de seguro algo normal en mi especie, ya que en países del tercer mundo en donde la dejadez de los gobiernos, la pobreza, falta de educación y sensibilidad, a pesar del amor de muchas personas hacia los animales, la vida para los perros sin dueños es algo muy triste y deprimente.


Nací debajo de un carro abandonado en una noche lluviosa, oscura, de mucha brisa y mucho frío, lo primero que hice al venir al mundo después de recibir los primeros laminados de mi madre, fue buscar algo de comer ya que tenía mucha hambre.


Instintivamente busque una de sus tetas, desocupada. Algunas ya estaban en boca de otros como yo, luego sabría que eran mis hermanos de madre, a mi padre nunca lo conocí. Gracias al calor de mi creadora y de mis hermanos esa noche no fue tan tortuosa.


Sobrevivir los primeros días fue una extraña aventura. Tres de mis 6 hermanos murieron antes de la tercera Luna sin nunca abril los ojos. Mi madre debió mudarnos de manera constante, ya que las hormigas y grandes ratas amenazaban nuestra supervivencia.

Paso algún tiempo, ya podía salir y caminar, igual que mis otros dos hermanos, y muy a pesar de los consejos de mi madre para no hacerlo, decidimos un día dar una vuelta. ¡Gran error! No habíamos caminado por mucho tiempo cuando mi hermano mayor cayó en un hoyo de alcantarilla sin tapa y nunca más supe de él.


Por primera vez sentí lo que era perder a alguien, pero mi hermana y yo seguimos caminando sin ningún rumbo ya que nos habíamos extraviados.


Después de un rato habíamos entrado a un suelo totalmente distinto ya que anqué un poco duro (pavimento) era más cómodo para andar.


Sin darme cuenta cómo y porque, un chico me agarro, al igual que a mi hermana, otro le echó mano, pero a la cual soltó de inmediato al darse cuenta de su sexo. Mi vida cambio para siempre nunca supe más de mi madre ni de nadie más conocido. Ahora tenía lo que luego me daría cuenta que era mi dueño.


“Mira maldito muchacho del diablo, no tenemos aquí para comer y ahora trae un maldito perro”, fue lo que le dijo al padre del joven al llevarme a su casa, y fue la primera vez que oí mi nombre “Maldito”.
Era una extraña vivienda construida de madera, cartones, hojalatas y zinc a orillas del río Isabela en una localidad llamada La Zurza. De seguro era mejor que mi casa anterior debajo de un viejo auto encima de cuatro blocks de concreto.


Ahí inicio mi vida. En una caja de cartón que fue colocada en el patio de la casa y muy a pesar del ruido que existía y las cuatros personas que habitaban allí, nunca me había sentido tan solo y abandonado.
Pero los perros al igual que muchos seres humanos pobres venimos al mundo a sufrir y a servir de referente para que se puedan diferenciar algunas cosas de otras.


Mi dueño a quien llamaban Gumito, nunca supe porque, me amaba mucho y compartía su comida conmigo, aunque me resultaba muy difícil comer cosas solidas en principio.


La madre de mi dueño (Gembrina) y su padre (Topo) vivían discutiendo por los malos hábitos del hombre que vivía tomando y fumando hierbas que le hacían golpearla y no se preocupaba por la comida, ropas y medicinas de los dos infantes. Pero la vida no se detiene por nada y sigue su ir y venir pase lo que pase.


Aprendí a comer, y a comer de todo. Aunque mientras fui creciendo me convertí en mal comedor por lo que no conseguía subir de peso. A pesar de la gran cantidad de basura y basureros era poco lo que podía conseguir para mi manutención diaria.


La señora de la casa cocinaba horrible y casi siempre era lo mismo. Arroz muy apastado y carapacho de pollo, salado y sin nada de carne. También hacían saldinas, pero cualquier cosa es mejor que nada y yo seguía viviendo.


Muchas veces se cree que las cosas malas no pueden empeorar, pero si pueden. “Gracias a Dios te inscribimos a ti y a tu hermana en la escuela en tandas extendida por lo cual pasaran el día fuera, así que no tendré que preocuparme por desayuno ni comida”, le explicó su madre a mi dueño.


Pensé que el protestaría o diría algo sobre quien me alimentaria o cuidaría. Pero no fue así. Nadie dijo nada. Y el tiempo pasó. Ya me había acostumbrado a los chicos del barrio unos me querían otros me molestaban.


Empecé a salir a buscar alimento con dos amigos. Ellos no tenían ninguna delicadeza ni protocolo comían lo que fuera para quitarse el hambre. A pesar de ser un perro hay muchas cosas que yo no comería: tripas y cabezas de pollos, animales muertos, concón sin grasa, víveres. Aunque lo que no comería aún muriendo de hambre son los pañales desechables sucios.


Nunca olvidaré esa noche antes de irme de la casa. El papá de Gumito llegó embriagado y con varias botellas de una bebida llamada “tapa floja”, el miedo se apodero de mi al ver que llegó acompañado de una mancha negra asemejaba a una sábana que flota en aire, los extraño es que Gembrina su mujer ni él, ni los niños podían verla, solo yo.


El hombre se quitó la camisa mientras la mujer sacaba refresco y pollo horneado de la funda negra, los niños estaban muy contentos. Gumito se me acerco con un trozo de carne, tenía mucho que no me hacía caso ahora andaba con un aparato electrónico que le habían dado en la escuela.

__“Mira muchacho, no les de carne a “Maldito” que los huesos son de él”, enfatizó la madre.

No habíamos terminado de comer cuando cuatro hombres vestidos de negro derribaron la puerta y agarraron al Topo, lo golpearon y lo sacaron de la vivienda. En el patio oscuro un trueno que salió de uno de los aparatos de los hombres (Policías DICRIM) le arrebato la vida.


La sombra negra en forma de sabana flotaba en cima del hombre que moría mientras sus hijos su esposa y yo estábamos a su lado. A hi entendí lo de la sombra mis amigos me había hablado mucho de la muerte.

Después de eso no supe nada más de nadie. Ya hacen cinco navidades de esa otra vida. He vivido en casi todas las calles del Gran Santo Domingo. He soportado golpes, indiferencia, y maltratos. Ahora bien quienes nunca me han dejado solo son el hambre y el frío.


Estoy aquí tirado en un contén, luego que un vehículo me golpeara, sé que me estoy muriendo ya que veo mis entrañas a mi lado, y ya no siento frío ni hambre. Para un perro sus dioses y demonios, son los hombres de buena y mala voluntad.


Me duele saber que nadie me enterrara de manera decente. Moriré y me pudriré aquí mismo. Nadie me extrañara, ni llorara por mí. Quizás en la otra vida tenga un dueño que me quiera y un gobierno que respete la dignidad de los animales creando perreras municipales.


Viendo la gente pasar mientras yo muero, me doy cuenta que nunca existí.

EL DATO

El término de viralatas viene de tiempo atrás cuando en los barrios pobres se usaba latas vacías de aceite como zafacón, y los perros de las calles las viraban en busca de algo de comer

El Nacional

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