Editorial

Vergüenza compartida

Vergüenza compartida

El presidente de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), doctor Jorge Subero Isa,  ha revelado que en República Dominicana se imparte justicia en condiciones de desastre y se declara avergonzado de que uno de los tribunales de  la provincia Santo Domingo  opera  en el interior de un  furgón de carga.

Tan  contundente y dramática denuncia del magistrado Subero Isa cae como balde de agua helada sobre una sociedad que  hasta ese momento creía la tan mercadeada fábula de que el Poder Judicial había ingresado a  una nueva oleada de modernización.

Subero Isa cree incorrecto llamar Palacio de Justicia a destartalados locales donde operan cortes ,  como el caso del Tribunal de Atención Permanente, de Santo Domingo  Este, cuya sala de audiencia y oficina del juez han sido improvisadas dentro de un furgón de los que  son acarreados por  patanas.

Aquí se habla de Tribunal de Garantías Constitucionales, de Tribunal Superior Administrativo, de Consejo Nacional de la Magistratura, de Tribunal Superior Electoral y de Defensoría Publica, pero la Suprema Corte de Justicia no dispone de un solo peso ni  para alquilar un local.

¿Cómo hablar de un oleaje modernizante en las estructuras judiciales, si la mayoría de los locales de justicia se caen a pedazos y se  usa un  almacén rodante como sala de audiencias?

A causa de  su indefensión económica, la Suprema Corte está imposibilitada de reparar locales, adquirir mobiliario o nombrar personal faltante, con lo que puede decirse que la judicatura adquiere hoy el papel de cenicienta entre los poderes del Estado.

El magistrado Subero Isa no ha debido, quizás, aguardar tanto tiempo para revelar que  aquí se imparte  justicia en condiciones de  desastre y que la Suprema ha agotado su magro presupuesto, porque hasta ahora falsamente se creía que el Poder Judicial operaba con decoro y dignidad, según las parafernalias mediáticas.

La vergüenza de saber que  un tribunal de justicia opera dentro de un furgón, no solo afecta al presidente de la Suprema Corte, sino también a una sociedad que  tarde se entera de que  el mentado modernismo judicial no ha sido más que otra fantasía circense.

El Nacional

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