En la ciudad de San Cristóbal vive un joven de apellido Mesa, que en el año 2005 protagonizó un escándalo al ser cancelado de su condición de director Provincial, debido a la presentación de un proyecto museográfico con objetos pertenecientes a la tiranía de Trujilllo.
Se le acusó de intentar loar al Jefe. Aquello fue un verdadero abuso de poder. El pueblo llama a eso cortar la soga por el lado débil. En un país cuyas publicaciones históricas y de ficción son dominadas por la figura del sátrapa, y en casos recientes añoranzas y exaltaciones, biografías y memorias de sus familiares y oscuros colaboradores, como Jhonny Abbes, publicadas por el intelectual e historiador Bernardo Vega, sin que ello mueva a ningún escrúpulo . Pero siempre es necesario depositar la carga de todos en algún chivo expiatorio.
Este asunto cobra vigencia a raíz de los debates que se han generado entorno al Premio de Novela 2008, otorgado recientemente.
Muchos han hablado, y con razón, de la baja calidad de la obra, defendida de forma muy precaria y poco ética por el propio organizador del evento, con sitismos traídos a un contexto impropio y epítetos personales contra Diógenes Céspedes, que en nada elevan el debate (ver: Periódico, Hoy Suplemento Areito, 4 de julio de 2009) .
Ya se sabe que hay textos narrativos simples, que pertenecen a la comunicación ordinaria y que al pasar del habla cotidiana a la escritura no se pueden considerar como textos narrativos complejos que es donde operan el ensayo, el científico y la novela.
Cuestión de Perogrullo: todo es materia del lenguaje. Pero esto es irrelevante y falaz y puede ser resuelto con la expresión ramplona de la soberanía del jurado que, por demás, expresa su subjetividad en la selección de cualquier obra.
La historia de los premios está plagada con excepciones honrosas- de pésima literatura. Esta convocatoria ha sacado altas calificaciones en la componenda o el mal gusto, que para el caso da igual, en los renglones de poesía y novela. Dos escándalos que no pueden soslayarse con frasecitas y descalificaciones.
Es obvio que quienes estén pendientes de estos premios y emitan sus opiniones no serán ingenieros o médicos, sino escritores y eso no debe descalificarlos sino todo lo contrario, validarlos.
El Estado dominicano evacuó una Ley que prohíbe hacer exaltaciones públicas a la figura del dictador. También promulgó una ley que enaltece a los que ajusticiaron, aquel 30 de mayo, a Rafael Leónidas Trujillo Molina. La ley 5880, del 3 de mayo de 1962 penaliza la práctica de ensalzar al jefe.
Sin embargo, las obras en ese sentido circulan más que los libros de texto, son objeto de análisis con profusión y vehemencia que aquellos referidos a Duarte o Luperón.
La historia está sesgada por el periodo de los treintaiún años. Una parte de la intelectualidad sólo puede reflexionar -muchas veces de forma anecdótica- sobre la Era.
Nada en nuestra historia es más rico. Hasta llegamos a reducir toda la historia anterior -la resistencia campesina del 16 contra la invasión, por ejemplo- a montonera, lo que legitima al Padre de la Patria Nueva.
Ahora nos ha tocado reconocer con un premio oficial a un objeto con formato de libro que en el reglón biografía novelada (¿?) no sólo hace lo mismo exaltar al Jefe- sino denostar a los conjurados del treinta de mayo. Eso es coherencia.
Después de todo, la ley de marras viola la libertad de expresión. El premio está bien: Viva el Jefe. En este país, la casa nuestra, Trujillo es el Jefe.
Hace tiempo que esa fascinación transgredió todo límite, haciendo cohabitar un discurso de rechazo y otro de exacerbación, ambos en el ámbito público, en nombre de la democracia que sólo pone de manifiesto el poder de una ideología cuyos detentadores han sabido perpetuarse más allá de la desaparición física de quien la encarnó.
Este no es el caso de la novela de Viriato Sención Los que falsificaron la firma de Dios. La diferencia aquí es que existe una Ley. No se trata de personalismos, ni siquiera de discutir quienes merecen loas y quienes no; se trata de resaltar la contradicción en que incurre el Estado cuando evacua una ley que el propio Estado transgrede.
Los límites de la libertad que impide que vivamos en el caos, son éticos, morales e irrenunciables, pero estas palabras han desaparecido del diccionario político. La ética de las polis ha muerto.
El dato
Es poner de manifiesto las bases reales del poder: de la dictadura a la democracia

