A rajatabla



Mi viejo barrio.-

Hace 50 años que mi familia se mudó de mi viejo barrio San Carlos, acosada por la ampliación de la avenida 27 de Febrero que borró del mapa a las calles París, Damián del Castillo, donde vivíamos y un pedazo de la Abreu, pero esa comarca ha vivido por siempre en mí, tanto así que por décadas la visitaba casi todos los días.

Como agua entre las manos se fueron del barrio mis mejores amigos, como Rumancio, Héctor, Ovadis, José, Pepe, Pilón, Héctor, César, entre otros, por lo que tuve que refugiarme entre los mayores, como Piña y Juancito, que ya murieron o Cañón, Cuqui, Rolando y Chichí, de quienes no he vuelto a saber.

Cuido en mi mente y corazón el recuerdo del San Carlos de mi niñez, cuando jugábamos pelota en medio de la calle, íbamos a la matinée del cine al aire libre Trianón, nos disfrazábamos de “diablos cojuelos” o hacíamos “esquina” a las niñas de nuestros sueños.

También añoro el San Carlos de mi adolescencia, cuando una temprana efervescencia política se anidó y nos alejó de las discotecas para participar en la lucha por la libertad, la justicia y la democracia social, sentimientos que expresábamos en los clubes culturales, liceos y universidades.

Hace muchos años escribí que mi viejo barrio parecía un pueblo fantasma, por lo que me apena decir que el miércoles al recorrer sus calles, comprobé que San Carlos quedó entrampado en la telaraña del tiempo, aunque sus buenos vecinos parecen ignorarlo.

La mayoría de los negocios han emigrado, incluidos los talleres de zapatería, de mecánica automotriz, metalmecánica, mueblerías, restaurantes, clínicas, farmacias y ferreterías. El negocio más recurrente ahora es el de bancas de apuestas.

Otras barriadas aledañas como Villa Consuelo y Villa Juana han experimentado notable avance, lo que se expresa en la instalación de pequeñas y medianas empresas, como en la construcción de edificaciones públicas y privadas, pero en términos de viviendas, San Carlos es el mismo de hace medio siglo, solo que más destruido.

Como parte de la ampliación de la avenida México, el gobierno de Balaguer construyó los edificios multicolores que sirven de portón de entrada a San Carlos, pero duele decirlo, el barrio se muere por dentro, con la mayoría de sus casas de madera y zinc corroídos y cuarterías inhabitables.

Creo interpretar a los residentes de mi viejo barrio, al solicitarle al presidente Danilo Medina que disponga de un programa de saneamiento de aguas residuales, suministro de agua potable, mejoramiento de viviendas y financiamiento a micro y pequeñas empresas para mejorar calidad de vida y generar empleos.

San Carlos ha sido cuna de la dominicanidad, de la defensa de la soberanía, por lo que ese centenario barrio, no merece morir en el olvido, enfermo de indiferencia y despojado de su memoria histórica.