Aquí todo es una exageración. Las cosas se elevan a su máxima potencia. La proliferación de provincias no ha sido la excepción, haciéndose que el desorden institucional que históricamente ha experimentado la República Dominicana sea descomunal.
Los límites internos que han dividido las demarcaciones de nuestro país se han incrementado de manera tal, que de 5 provincias que existieron al momento en que surgió el Estado Dominicano en el año 1844, hoy son 31 y un Distrito. ¡Y se aspira a más!
A pesar de haberse multiplicado como los panes de Jesucristo, los problemas de la gran mayoría de nuestras jurisdicciones, antes que desaparecer se incrementan, sin parecer tener soluciones ni en el corto ni el largo plazo. La abundancia de departamentos — como le llamamos a las provincias— no ha resuelto los eternos males que nos agobian, como son agua potable, recogida de basura, drenaje pluvial, seguridad, pobreza, etc.
El historiador Gustavo Adolfo Mejía-Ricart, en su libro Historia de Santo Domingo, en la página 391, volumen XI, refiriéndose al artículo 4 de la Constitución Política del 6 de noviembre de 1844, párrafo que deslindó el territorio nacional, dice: «El territorio de la República se divide en cinco provincias que son: Compostela de Azua, Santo Domingo, Santa Cruz del Seybo, la Concepción de La Vega y Santiago de los Caballeros».
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La región del Cibao la formaban apenas 2 provincias, el sur una y el este una. Pero nuestra clase política con la «magia» que la ha caracterizado, convirtió esos 48 mil 442 kilómetros cuadrados (antes, nuestro país era más grande, pero Trujillo, Vásquez y Peña Batlle les regalaron a Haití miles de kilómetros cuadrados, como si esto fuera una finca de su propiedad) en diminutos mundos para usufructo de sus «caciques».

