El entusiasmo de un educador capacitado puede ser la principal herramienta para regular el uso de los celulares en los centros educativos dominicanos. Un profesor o profesora que más que discursear, motive las intervenciones del alumnado sobre los temas que trabaja, propiciará la atención al aquí y al ahora que se vive en las aulas. Y si el profesor además es empático con las realidades y limitaciones de sus estudiantes, son muchas las posibilidades de que durante sus clases, el celular no sea un invitado impertinente.
Imaginemos una escuela con una dinámica de enseñanza en la que los jóvenes más que simples espectadores, son entes activos que ocupan manos y mentes en prácticas mientras aprenden anatomía, geografía, literatura o cualquier disciplina.
Esto sin dudas hará de las aulas un espacio lúdico en el que el celular más que un distractor, podría ser estratégicamente integrado a algunas de las actividades.
Un sistema educativo que propicia discusiones sobre historia, arte o cualquier otra disciplina, puede ser un recurso excelente para que los jòvenes socialicen de manera constructiva y que el aburrimiento de un profesor reiterativo y gruñòn, no lo incite a pensar en sacar el celular, aislarse y desconectarse al menor descuido. Las palabras «no» y «prohibido» crean reacciones potentes y por lo general no son bien acogidas por los niños y adolescentes. Mi humilde invitación a los profesores dominicanos es a que sean creativos mientras el hacha va y viene y el Ministerio de Educación regula el uso de celulares en centros educativos. Integrar estrategias que propicien estudiantes entusiastas puede tener buenos resultados.

