Cine y sociedad

Anthony-1


The Black Godfather
The Black Godfather es un documental como muy pocos. Me explico. No estamos hablando en términos del tipo de documental, que en este caso sería testimonial–biográfico–histórico, sino en función de su planteamiento y de lo que constituye la esencia de su historia.
Si alguien preguntara hoy dentro del mundo del cine, en la industria de la música o en los círculos políticos de Estados Unidos, quien fue Clarence Avant, probablemente nadie sabría la respuesta.
Por lo tanto, hoy nadie lo conoce, pero lo sorprendente de todo es que ayer, o en antaño, tampoco la gente sabia quién era. Avant se movía detrás del telón que cubría a varias industrias y allí, daba rienda
suelta su magia o su encanto.
Por más de medio siglo, Clarence Avant era el nombre que todos escuchaban –aunque como muy bien dice uno de los entrevistados, “nadie sabía exactamente cuál era el rol de esta persona de la que todos
oían hablar”– cuando se trataba de renegociar un contrato, conseguir el pago justo, montar un
espectáculo o descubrir un nuevo artista.
Y no estamos hablando solo de los artistas de la comunidad negra. De hecho, el primer gran trabajo de Avant en Hollywood, luego de haber estado en New Jersey bajo la tutela del poderoso y bien conectado
representante de artistas, Joe Glaser, fue con el compositor y músico Lalo Schifrin, creador del tema de Misión Imposible, entre muchos otros, a quien ayudó establecer en la meca del cine.
Nacido en la extrema pobreza en North Carolina y con una educación que ni siquiera completó la secundaria, Avant se las ingenió en base a su instinto para los negocios, su franqueza, que con frecuencia se traducía en imprecación, sus vivencias en el mismo seno de la comunidad negra y su conocimiento de la cultura popular, para convertirse en consejero y asesor de artistas, productores, deportistas y hasta presidentes de los Estados Unidos.
Todo ello, hecho desde las sombras, sin buscar proyección ni protagonismo, a veces sin el interesado o afectado pedirlo, y en apariencia, de acuerdo con las expresiones de las propias personas involucradas, sin estar guiado por una ambición desmedida o sin pasar factura, más allá de la satisfacción de saber que estaba haciendo lo justo o lo necesario.