En política, administrar en bonanza puede lucir eficaz, pero gobernar en medio de turbulencias globales es una verdadera proeza de Estado. Ese ha sido el escenario que ha enfrentado el presidente Luis Abinader: un mundo marcado por tensiones geopolíticas, incertidumbre económica y un alza persistente en los precios del petróleo, impulsada por conflictos como el de Ucrania–Rusia e Irán–Estados Unidos.
Para una economía como la dominicana, dependiente de importaciones energéticas, ese contexto no es menor. Es determinante. Y, sin embargo, el país no se ha detenido.
La República Dominicana se mantiene entre las economías de mayor crecimiento en América Latina, con una inversión extranjera directa que supera los cinco mil millones de dólares anuales y exportaciones cercanas a los 16 mil millones. La estabilidad macroeconómica ha permitido mantener el control de la deuda en proporción al PIB y fortalecer la confianza internacional.
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Pero más allá de los indicadores, hay hechos concretos. La inversión en infraestructura pública ha alcanzado cifras relevantes: importantes obras concluidas y en ejecución que responden a demandas históricas. Proyectos como el paso a desnivel de Pintura, el túnel de la Bandera, la intervención en la avenida Colombia y la conexión de Los Praditos con las avenidas Núñez de Cáceres y Winston Churchill, entre muchos otros, evidencian una transformación urbana sostenida.
Carreteras, avenidas, transporte, hospitales y obras hidráulicas están redefiniendo el mapa productivo nacional, con un enfoque más descentralizado.
Uno de los pilares más sólidos de esta gestión ha sido el turismo. El país ha alcanzado cifras récord al recibir cerca de doce millones de visitantes, consolidándose como líder del Caribe. Este crecimiento responde a una estrategia de promoción sostenida, ampliación de rutas aéreas, inversión hotelera y fortalecimiento de la marca país. El turismo hoy no solo genera divisas, sino empleo y dinamismo en múltiples regiones.
Persisten desafíos. El costo de la vida y la inseguridad preocupan. Pero sería simplista ignorar que muchas de esas presiones responden a factores globales que afectan incluso a economías más desarrolladas.
Gobernar no es complacer en todo momento, sino garantizar estabilidad y avanzar aun en condiciones adversas. En ese sentido, la actual administración ha demostrado capacidad de gestión y resiliencia.
Más que un gobierno agotado, como dicen algunos, lo que se evidencia es una etapa de mayor exigencia, donde los resultados pesan más que las expectativas. Y esos resultados, medidos en crecimiento, inversión, infraestructura y turismo, están a la vista.
Porque avanzar con viento a favor es fácil. Lo que define a un gobierno es su capacidad de hacerlo contra la corriente.

