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Cuestión de poder

Cuestión de poder

Susi Pola

El poder surge de las relaciones y cuando es legítimo llamamos “autoridad” porque se ejerce con reglas sociales y respeto a las dignidades para mantener organizada la comunidad asegurando cual es esa organización esperada.

Por el ejercicio de algunas personas – y cada vez más frecuentemente – se habla del abuso de poder cuando, violentando acuerdos humanos convenidos, se fuerzan relaciones con actos injustos, desmedidos e impuestos, con daños y tensiones graves privada y colectivamente. 

En nuestra cultura, las relaciones están mediadas por el poder en inequidad de circunstancias a pesar de los esfuerzos doctrinarios y los discursos disfrazados de “corderito” que promueven grupos y personas poderosas para mantenerlo hegemónicamente.

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Y la violencia de género contra mujeres y niñas es una de las mayores expresiones de relaciones desiguales de poder, entre hombres y mujeres, manipulada por el simbolismo patriarcal, una creencia arraigada, transmitida y generalizada que afecta a la mitad de la humanidad, justificada por todas las instituciones en un contexto sociocultural y estructural establecido.

Este enfoque sexistas del patriarcado recicla permanentemente la violencia para asegurar el dominio y la superioridad de los hombres a través de mitos y estereotipos arraigados y repetidos en “un deber ser” a través de la socialización de las personas.

En nuestro país, el asesinato de mujeres por razones de género, feminicidio, como expresión extrema de la violencia, en cifras que se mantienen muy altas, mostró este fin de año y este nuevo comienzo que el poder dominicano no reconoce esta realidad.

El flagelo silencioso del abuso sexual infantil, como una de las peores formas de violencia de género es abuso de poder conferido a los masculinos culturalmente, y a propósito del último caso conocido de violación y feminicidio de una niña de tres años, nos demuestra que las autoridades de poder ignoran totalmente la prevención a partir de un cambio de prácticas, actitudes y creencias culturales.

Porque la violencia de género contra mujeres y niñas es resultado del poder sexista y adulto céntrico de dominación y jerarquía aplicada por mandato cultural, un poder ejercido por la masculinidad establecida que ya es hora de desmontar.

Pensadores como San Agustin hablan de la “libido dominadora” a esa fuerza profunda de poder más allá de deseo sexual a la imposición de control y sometimiento a quienes consideramos inferiores.

No es un deseo sexual – libido- pero si una fuerza emocional para controlar y dominar lo que se considera propiedad por “mandato natural”. Es una cuestión de poder.