Ai Weiwei ha regresado a China. Evidentemente insatisfecho, primera vez en 10 años, y afirma haber llegado a la conclusión de que Pekín es «más humano» que Alemania, a la que describe como «insegura y sin libertad».
Sus reflexiones destrozan la idea errada de la superioridad política, económica y social de Occidente frente a otras civilizaciones orientales, incluyendo la china.
Es probable que Weiwei sea un romántico empedernido, incapaz de racionalizar las cosas y tener un punto de vista imparcial. En esto, daba riendas sueltas a sus pasiones, no siempre bien orientadas. No hablar alemán lo frustraba, de manera pudo ocurrirle lo mismo de vivir en Francia o Bulgaria. Los británicos no lo recibieron.
Esta experiencia, además de ser noticia, invita a entrar en consideraciones que pueden sernos útiles en la búsqueda constante de un lugar ideal.
Puedes leer: El poder: terrible objeto del deseo
Es común asombrarse, sentirse atraído y complacido en cada lugar a que uno llega. Luego, esas sensaciones agradables se van desvaneciendo con el tiempo. Los roces sociales, las dificultades que a diario se nos presentan, el tedio que viene con la rutina. En fin. Todos, procesos naturales que explican y describen la condición universal -yo diría que predecible-, del carácter humano.
Afanes por encontrar el paraíso, el lugar perfecto para vivir. Sin saber que ese sitio va y viene con nosotros mismos. Es en la esperanza, en las expectativas que nos planteamos a diario, donde está la felicidad. De ahí que la plenitud sea simplemente la sensación de tener todo lo que nos proponemos y creemos merecer.
Antes de regresar a casa, cual hijo pródigo, Weiwei vivió en Portugal, donde también se aburrió. Allá la gente le habla portugués e inglés, y con poco dinero parecía vivir bien, con un buen clima. Los portugueses son definitivamente más amigables que los alemanes.
Pero, Weiwei finalmente, descubre que, en ningún lugar, se está mejor que en China. En casa, hogar dulce hogar.

