Duarte regresó de Venezuela a sacrificarse en la guerra de la Restauración



Juan Pablo Duarte Díez alcanzó prematura vejez valetudinaria. El padre Fernando Arturo de Meriño Ramírez lo visita en Caracas, tras la expulsión del sacerdote por el discurso de la toma de posesión de Buenaventura Báez en 1865.

Duarte ha vuelto al ostracismo, justo cuando vino al sacrificio en 1864, durante la guerra de la Restauración. El padre de Meriño, consagrado ya obispo y jefe de la Arquidiócesis de Santo Domingo, lo proclama.

Lo dice en la inhumación de los restos de Juan Pablo. Una multitud se reúne en la Catedral, en la cual el famoso orador se crece para proclamar la grandeza de Duarte.

También llora la visión del mismo, en el Caracas de 1866. A Duarte le faltan diez años por vivir. ¿Quién puede advertirlo, sin embargo? Ni siquiera el eximio sacerdote puede determinar los años de vida por delante de Juan Pablo.

Dentro de las limitaciones humanas, empero, algo advierte el avezado cura. Recorre con su voz los años de las luchas, los años del exilio, los años del abandono. Entonces llegan las páginas del periódico a manos del Fundador. Está en las selvas del río Negro, consagrado a la vida de aborígenes muy primitivos. De lo escrito en esas páginas sabe de la anexión y por ello traza nuevo destino a su fatal existencia.

Decide el regreso. Pero no es un simple retorno. ¿Se lo dijo al padre de Meriño cuando ambos se encuentran? El obispo jefe de arquidiócesis no lo expresa con claridad. Pero manifiesta que retorna a la tierra natal para sacrificarse por ella.

Sánchez se le fue delante, expresa monseñor, también en esta senda del sacrificio de la vida carnal. Y a él, ni siquiera esa oportunidad le damos. ¿Qué le dice Juan Pablo al padre de Meriño, que aún es presbítero cuando ambos se encuentran en Caracas?

Juan Pablo se muestra agradecido del trato recibido por parte de la jefatura de la República en armas. Es devuelto, sin embargo, a Venezuela.

“… el destierro prolongado –proclama en la apoteosis monseñor-, gasta los resortes más acerados del vigor de la juventud y rinde en la edad madura las energías del alma mejor templada”. Es el retrato encontrado por el cura en la Venezuela del decenio final de la existencia de Duarte.

“… en la edad provecta comienza todo lo sombrío y triste, dice ahora Monseñor ante la multitud y las autoridades venidas a rendir homenaje a la memoria del patricio fundador en los restos mortales llegados desde los suelos que los alojaron-, porque la vida desciende; y si la indigencia y los quebrantos físicos la precipitan, en el corazón sólo hay anhelos para descansar”.

Por supuesto, ni el cura con ordenación de presbítero que lo contempla en horas tristes de azaroso exilio ni el ahora arzobispo que despide en el lar nativo de ambos aquellos huesos recibidos en 1884, pueden saber cuándo saldará Juan Pablo sus cuentas con el creador.

Pero el cura advierte rictus de una tristeza infinita. En la oración de despedida de los restos, saca de sus recuerdos conmovedora visión trasladada a las gentes de sus días y al porvenir.
“¡Oh, yo lo ví… y recogí de sus labios convulsos el triste relato de aquella honda pena que acibaró para siempre su existencia; y lo oí también perdonar a sus gratuitos enemigos”.

En la apoteosis de 1884 dijo monseñor, que a Juan Pablo le dolían las penas de su pueblo. Él soñó un pueblo distinto, de fraternas relaciones, de luminoso porvenir. Ni lo uno ni lo otro, empero, se le han dado. Y por eso siente gran dolor.

El Juan Pablo soñado por el joven sacerdote en nada se le parece al Juan Pablo encontrado cuando ambos se ven en ostracismo de distintas causas, pero de idéntico pesar.

Ese Juan Pablo lo encontrará el arzobispo más tarde, cuando se comunica con José María Serra. Afanado monseñor, logra contacto con Serra, uno de los integrantes de la Trinitaria de 1838. Como tantos otros fundadores, vive en el destierro.

Pero Monseñor lo sonsaca. Y Serra le escribe aquellas ardorosas páginas en las cuales habla de un Juan Pablo lleno de juventud y cuya mirada azul se confundía con el esplendoroso espectáculo de los más luminosos días de la Patria.

El Duarte buscado por monseñor de Meriño y por muchos otros dominicanos entonces y después, no se corresponde con el esquelético cuerpo cuya alma partió hacia su creador el 15 de julio de 1876. Ese Duarte es el retratado por don José María Serra en sus apuntes sobre la creación de la Trinitaria.

Restauración

La Guerra de la Restauración se llevó a cabo en Santo Domingo desde 1863 hasta 1865 entre los Dominicana y España, después que Santana había anexado el país a esa nación europea. El héroe militar de esa contienda fue el general Gregorio Luperón.