De seguro ustedes han observado que en mis últimos escritos parezco estar en «modo arzobispo»; Pues sí. Y ahí les va el otro:
Adolfo Alejandro Nouel y Bobadilla —conocido hipocorísticamente como Ofo—, fue el cuadragésimo arzobispo de la ciudad de Santo Domingo. Protegido, aupado y consentido por el padre Meriño, el prelado que obtuvo su primer nombramiento como maestro de ceremonia de la Catedral, realizó innumerables estudios en Italia, graduándose hasta de exorcista (José Luis Sáez, Documentos Inéditos del Arzobispo Adolfo Alejandro Nouel, tomo 1).
Profesor de latín y filosofía, participante en la inauguración del ferrocarril Sánchez-La Vega y diestro manejador de crisis, el mitrado fue regidor, diputado y en su labor eclesiástica trajo al país las congregaciones católicas de los jesuitas, euditas, claretianos, capuchinos e inició el acercamiento con los salesianos.
En medio de las eternas luchas intestinas de la época, que hasta llegaron a convertirse en revoluciones —la del 1903, por ejemplo—, anarquía absoluta en que se desenvolvía la nación, Nouel ascendió a la presidencia. Su gobierno se desempeñó como «muro de contención» de las ambiciones desmedidas y del reparto de «botín de guerra» entre Horacio Vásquez, Eladio Victoria y Desiderio Arias. En su gobierno nombró a familiares y a los oportunistas literatos Tulio M. Cestero y Manuel F. Cestero. Diez días después de su designación como presidente, Nouel hizo su carta de renuncia, hecho que se consumó cuatro meses más tarde.
Trujillista hasta los tuétanos —le llamó al tirano Padre de la Patria, Ángel exterminador de la discordia y Fundador de la paz—, y consejero de las tropas interventoras estadounidenses del 1916, Nouel fue fundador de la Academia Dominicana de la Historia.
El dictador lo declaró Arzobispo Vitalicio y en su honor le puso a Bonao Monseñor Nouel.

