El copy-paste



Efraim Castillo

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(A Freddy Ortiz, enemigo a muerte del plagio)
Si hurgamos bien profundo en la historia publicitaria dominicana encontraremos escenarios que, como ejes, influyeron de manera preponderante en su desarrollo. El primer escenario —que abarca los decenios 40’s y 50’s— lo cubre la creatividad publicitaria cubana, estructurada de frases cortas, penetrantes y doble pespunte, que impactó en la mayoría de los que abrazaron la publicidad en ese periodo.

Esta influencia se extendió hasta comienzos del siguiente escenario, en los años 60, cuando —tras la muerte de Trujillo y sacudirse el país de los grandes monopolios y oligopolios a que nos sometió la dictadura— una oleada de publicitarios cubanos (directores de arte, creativos, cineastas e investigadores que huían de la revolución) llegó al país y mostró el camino de cómo alcanzar las ideas buscadas, escarbando en nuestras propias raíces. Junto al éxodo cubano llegaron publicitarios puertorriqueños y aquella mezcla de talentos repercutió de manera admirable entre los jóvenes escritores que se iniciaban en esa profesión y crearon un estilo propio.

Este período se extendió hasta finales del decenio de los 70’s, construyendo verdaderos hitos creativos que, convertidos en anuncios, cumplieron facetas educativas, de ventas y creadoras de imagen, que los historiadores podrían estudiar en hemerotecas y archivos de materiales fílmicos y sonoros. Este ciclo, sin dudas, alberga la mejor creatividad realizada en República Dominicana, una creatividad plena de ingenio y libre de la contaminación actual, en donde el imaginario autóctono ha sido bombardeado por una globalización que penetra constante y decididamente a través del ciberespacio.

El tercer escenario se inicia a finales de los 80’s —con Internet— y se extiende hasta el presente, en que la expansión tecnológica ha guiado lo conceptual y marca negativamente la intuición, la actitud creativa. Este vacío imaginativo —que analicé reiteradamente en los 60’s cuando publicaba la columna Pulso Publicitario en la revista Ahora— lo refuerzo hoy ante la proliferación del plagio, del copy-paste, ya que lo que debería ser una estructura armoniosa entre lo conceptual-tecnológico y lo intuitivo, ha sido ocupado por el malsano ejercicio del plagio, desechando eso que Hélène Maurel-Indart enuncia:

“El plagiario, pese a que está al tanto de los riesgos que toma en una sociedad donde la propiedad intelectual se protege por ley, se sostiene en la fragmentación de las referencias culturales de los lectores para abusar de ellos” (Du plagiat, 1999). Por eso, la búsqueda de la creatividad debe partir, insistentemente, de la estructuración de un concepto relacionado a la intuición, ya que el exceso tecnológico (en el creativo) ofusca la intención e invalida la concepción de ese tercer discurso que confluye en lo buscado.

De ahí, a que toda acción creativa realizada bajo el amparo de la publicidad dominicana debe partir de métodos que relacionen la red de naturalezas que abarquen lo económico, lo social y, lo más importante, lo histórico; pero emergiendo desde una poética del anuncio practicada a base de intuición y separando lo ético y lo moral del plagio.