El nacionalismo



No existe nada virtuoso del nacionalismo, este es un cáncer que plaga a las sociedades con constante amenaza de hacer metástasis y corroerle hasta los tuétanos. Aunque muchos insisten en equiparar su sentimiento nacionalista a un amor profundo a la patria, la realidad es que la fuente de todo sentimiento nacionalista no proviene de amor a algo, sino al odio o el temor a otras personas o grupos de personas pintado con aires de superioridad.

El nacionalismo ve en las naciones un grupo de islas con intereses específicos a ellas y comúnmente encontrados, donde las relaciones internacionales son un juego de suma cero y la cooperación es una señal de debilidad. En esa ideología putrefacta el ser humano se divide en razas, lenguajes, culturas y tradiciones permanentes e inalterables que se imponen sobre los deseos y derechos personales del individuo.

El año que viene se cumplirán 80 años desde que el último gran brote nacionalista provocó una guerra que le terminó costando la vida a 85 millones de personas en todo el mundo. Y no obstante las duras lecciones de esa guerra, hoy el mundo luce tan complaciente y acomodado en la paz construida sobre todos esos cadáveres y el esfuerzo y cooperación de docenas de miles de personas que creyeron en un mundo unido en intereses comunes, que algunos se atreven a revolver el estiércol nacionalista.

El nacionalismo es alérgico a los hechos y ciego a la verdad en aras de poder justificar su paranoia, por lo que no es casualidad que este depende de lo que antes se le llamaba propaganda y a lo que hoy nos referimos como noticias falsas, para propagarse como virus en la psiquis social.

Es tan consciente de su frágil relación con la realidad que parte de su discurso es desestimar las investigaciones, negar las ciencias y acusar a profesionales y expertos de ser “élites desconectadas”.

El mundo ha logrado los 75 años más pacíficos de su historia gracias al multilateralismo y las mismas instituciones internacionales que hoy el nacionalismo pretende socavar, para retrotraernos a una era donde la norma era la guerra y la paz una excepción, todo con el pretexto de justificar y popularizar un odio y temor irracional frente a un grupito de personas que no les gusta.

Apelar a las emociones de la turba ignorante es fácil, gobernar atendiendo a esas emociones sin que eso destruya las vidas de esa turba ignorante es lo difícil. Espero que las instituciones que tanto nos costó crear y mantener sobrevivan el actual brote de pus nacionalista, para evitarnos la consecuencia inevitable del nacionalismo; el caos, la guerra y la muerte.