—Quico, no te juntes con esa chusma—.
—Sí, mami… ¡chusma, chusma, chusma!
Vivía en la misma vecindad, compartía las mismas alegrías y carencias, pero se creía superior al resto. Doña Florinda es un personaje cómico, sí, pero también una metáfora inquietantemente vigente. Ese complejo se repite hoy en muchos dominicanos y latinoamericanos —dentro y fuera de Estados Unidos— que reniegan de su origen y defienden con fervor a Donald Trump, incluso cuando sus políticas perjudican directamente a sus propios compatriotas.
Cuando Trump ataca a Venezuela para controlar su petróleo, amenaza a México, Panamá, Colombia, o persigue y deporta a miles de latinoamericanos, no faltan quienes aplauden. Se sienten distintos, “por encima”, convencidos de que a ellos no les tocará.
Es una ilusión peligrosa. La realidad es tozuda: todo aquel que no sea blanco, de ojos claros y con un inglés fluido, es vulnerable a la humillación y al desprecio.
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Trump, el presidente de mayor edad en asumir el cargo, exhibe una conducta cada vez más errática: confronta aliados, amenaza socios comerciales, trata a amigos como enemigos, indulta a capos de la droga y a figuras del crimen organizado, impone aranceles a quienes históricamente han sido sus mejores aliados y debilita alianzas estratégicas fundamentales.
Envía fuerzas federales a ciudades estadounidenses y amenaza a alcaldes electos. Eso no es fortaleza: es inestabilidad. Declara una guerra frontal contra los inmigrantes, olvidando que Estados Unidos fue construido por ellos. Su propia historia familiar, la de su entorno político y la de millones de ciudadanos lo contradicen. Su madre, sus esposas, la del vicepresidente Vance, al igual que la del policía que mató a una estadunidense en Minesota, son inmigrantes.
Niega el cambio climático, recorta presupuestos científicos, desmonta la cooperación internacional, debilita el control de armas y coquetea con el riesgo nuclear, impone aranceles a sus mejores aliados, y sigue socavando a la OTAN, la alianza más exitosa de la historia. Se atribuye logros inexistentes, acepta halagos desmedidos y sueña con medallas, como los viejos caudillos que confundían la adulación con grandeza. Igual que a Trujillo a quien le decían “chapita”.
Este año de gobierno ha sido catastrófico. En definitiva, un dominicano defendiendo a Trump se parece a alguien besando la bota que lo oprime y agradeciendo el gesto. Cuando vean a uno, no se sorprendan: padece el síndrome de Doña Florinda. Sueña con parecerse a Trump, pero es igualito al chavo.

