El velorio

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Cuando muera espero no me veas, para que vivo me recuerdes. Morir en nuestros campos hace que el fallecido se convierta en celebridad, es todo un acontecimiento, el lugar donde velan al difunto es el espacio de cita de ese día, ya se tiene programado lo que se hará en los siguientes nueve días.

En las primeras horas todo gira en torno al muerto, el lugar de su velatorio es la cita obligada de todos, imagínense no hay a donde ir por lo que ese es el entretenimiento del lugar y las zonas aledañas.
Empieza ya la preparación para asistir a tan importante cita.

Los hombres visten su mejor camisa que por lo regular es blanca de mangas largas, guardada para esas ocasiones, el pantalón casi siempre negro y bien filoso, de una tela lo más fina posible.

Los zapatos color negro bien lustrados y se camina con cuidadosos pasos bien cortitos para evitar que el polvo disminuya el brillo.
El pañuelo de bolsillo no puede faltar, blanco como nubes bien soleadas, bien planchado y dobladito, y que al usarse en el bolsillo izquierdo trasero, se deja ver el borde para presumir su blancura, se saca de vez en cuando para unos cortos toques en la cara, cortos pero firmes para evitar cualquier confusión con la hombría. Que bien le queda ese sombrero negro de ala ancha.

En cuanto a las mujeres, ni se diga, esas sí que saben de eso, tanto las más jovencitas como las de mediana edad, usan su pantalón negro mandado a hacer para la ocasión o que estaba guardado para tales fines, prenda esa que es entallada al cuerpo para lucir la figura, tan entallada que se hace notorio.

También se ven una que otras faldas no muy largas, pero tan poco tan cortas que no hagan imaginarse cosas; así que no tan calvas pero tampoco con dos pelucas.

Su zapato es negro y cerrado, su blusa blanca y el segundo botón casi se dispara, dejando entrever algunas cosas que sin querer se miran; ¡por Dios! no debe ser bueno mirar ciertas cosas en tan solemne acto, aunque pensándolo bien… debe ser peor mostrarlas. En fin todos complacidos, unos de mostrar, otros de mirar.

Las de la misma casa se van juntas a la cita, quise decir al velatorio, mientras una que otra, con sus amigas o familiares del mismo sexo y al juntarse, la conversación gira en torno al peinado de cada una y cómo le ha quedado el pelo o sobre el último tratamiento usado para suavizarlo, conversan también en el trayecto sobre lo que hizo la vecina.

También comentan que a lo mejor fulanito estará ahí. Acuérdate que él y Pedrito eran medio afamiliao, él debe estar ahí. Comento una. ¡Por fin mencionaron el muerto! Y así todo el trayecto hasta llegar al sitio.

Los que llegan primero van rápidamente donde los dolientes a dar el pésame, van lo antes posible como si recordaran que el camino malo se pasa rápido. Lo antes posible porque hay mucha gente que saludar afuera, sobre todo a esa persona que siempre queremos ver y conversar con ella recordando que por ella, perdón, que por el muerto estamos ahí.

Ahí, en el lugar donde están los dolientes y el cadáver, la viuda responde exactamente con las mismas palabras lo que en más de cien ocasiones le han preguntado, cómo fue, a qué hora, de qué murió, por qué no me mandaste a llamar de una vez. La misma respuesta para todos, es solo dar a un botón y aparece de forma automática.

La viuda sin ser adivina, cuando alguien se acerca ya sabe que preguntará.

Se escucha atentamente las respuestas, se pone mala cara y se hace un chillido de lamento, se mira el ataúd y se acerca un poco al mismo mirando a la cara el fallecido, otro chillido y la frase mágica al mover la cabeza: No somos nada. Se comenta con dos o tres que era el mejorcito de esa familia y zasss, pa fuera.

Ya por fin enfrentados los dos bandos. La suerte está echada.
Las mujeres elegantemente vestidas, se sientan donde las puedan ver y poder verlo todo, desde ahí pueden sonreírle a quien quieran y voltear la cara a quien no quieran, no se sabe en qué momento invitaron una a un aparte y lleva más de media hora conversando a solas con el posible afortunado en una conversación aparentemente muy interesante para ambos.

A escasos metros se ven otros en la misma postura, otras esperan el llamado, avistaron el que esperaban.

Y así entre vasitos de café, discretos tragos, dominó, mentas, galleticas y miradas que se entrecruzan va transcurriendo el tiempo; ahí se concretaron algunos compromisos, se saldaron algunas deudas o se acordó la forma de saldarlas y…pero verdad, el muerto, ya casi es hora de enterrarlo. Yo me voy no me gusta ver eso- dijo alguien-, a mí tampoco-, comento otro.

Otros tuvieron el mismo pensamiento pero no lo dijeron, solo se marcharon antes del entierro, total ya se vieron, perdón, ya vieron el muerto. Los dolientes se encargaron de asistir y el muerto ni agradece ni condena, para él todo es nada, no le molestó que se hayan ido ni agradece compañías.

El autor es abogado.