A la República Dominicana le ha llegado el tiempo de ahogar su ineptitud, su atraso, y como nación desembarazarse de esa incapacidad colectiva que la maniata.
Es momento de liberarse de nosotros mismos, de flagelarnos, exorcizarnos; de expulsar el demonio de nuestra ignorancia que nos ha mantenido de rodillas de generación en generación, y ya estamos en pleno siglo XXI y aún permanecemos.
Debemos explorar o buscar algo que nos obligue a enfrentar con determinación este terrible subdesarrollo que sigue en nuestras espaldas, que no es sólo económico, sino también ideológico, teórico.
Subdesarrollo llevado hasta su más alta expresión por varios decenios de oscurantismo en que un hombre, un generalísimo, tuvo el poder inmenso de separarnos de las experiencias del resto de los pueblos y del resto de los hombres.
Es necesario que en el actual contexto busquemos lo nacional; nos reencontremos, admitamos sentirnos orgullosos de lo que somos y formar parte de esta comunidad humana asentada en este pedazo de isla de las Antillas.
Tenemos que sentirnos grande, hacer nuestro esfuerzo y sacrificio, aunque no seamos una isla geográficamente hablando, no podemos seguir con el complejo de Guacanagarix tras nosotros, persiguiéndonos como un fantasma.
Esto no quiere decir por supuesto, que se deben desestimar los aportes culturales de otros pueblos y de otras épocas. Hay que tener mucho cuidado, muchísimo cuidado con lo que se entiende por “combate de la penetración extranjera.
Está bien que se rechacen estupideces como los cuerpos hot,“hembro”, la agenda LGBT, pero nada de declarar enemigos del pueblo a los clásicos de la música Juan Sebastían Bach, Mozart y Beethoven. E incluso, cuidado, cuidadito, con cortarle los ojos a genios como The Beatles.
Pongo esos ejemplos para ir de un extremo a otro y refiriéndome a la música, que es fundamentalmente el arte “acusado” de penetrar culturalmente a los países dependientes.