La historia política dominicana tiene un antes y un después de mayo de 1998. El día 10 de ese mes, hace 28 años, partió del mundo terrenal José Francisco Peña Gómez, dejando un vacío que trasciende fechas. El más grande líder de masas parido por esta nación, no fue un político cualquiera, fue el motor de la democracia moderna dominicana.
Nacido en la Loma del Flaco, Guayacanes, provincia Valverde, el 6 de marzo de 1937, Peña Gómez forjó un carácter de acero frente a la adversidad de la vida, llegando a enfrentar, como él mismo dijo, “ataques feroces”, en ocasiones motivados por su color de piel.
El destacado líder, conocido por su carisma y la frase «Primero la gente», murió en su residencia de Cambita Garabitos, provincia San Cristóbal, a causa de un edema pulmonar fruto del cáncer de páncreas que le afectaba. Pasadas las 10:30 de la noche del día en cuestión, la sociedad recibió la triste noticia; aunque en el colectivo ya circulaba, días antes, la información sobre su delicado estado de salud.
Desde sus humildes orígenes hasta convertirse en el máximo referente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), su vida fue una constante lucha por la justicia social.
Tras el golpe de Estado de 1963 contra el profesor Juan Bosch, el primer presidente electo del partido blanco, su voz se alzó para movilizar al pueblo a favor del restablecimiento de la Constitución de ese año.
Peña
Peña Gómez poseía un magnetismo único, capaz de agrupar a multitudes que ponían en él la esperanza de un cambio real, aunque nunca pudo alcanzar su anhelo personal y el de un gran grupo social: la Presidencia, su legado transcendió más allá de esa apetencia.
Su oratoria ardiente y su capacidad de concertación internacional lo posicionaron como una figura de peso global, llevándolo a alcanzar la vicepresidencia de la Internacional Socialista.

Su corazón siempre estuvo en los barrios y campos dominicanos, donde era amado con una devoción casi religiosa. Pero también su residencia se convirtió en un espacio de “desahogo” para cientos de sus compañeros que lo visitaban con frecuencia.
A pesar de su innegable liderazgo, fue objeto de intensas campañas de descrédito y ataques racistas que intentaron frenar su ascenso al poder. Sin embargo, su respuesta siempre fue la unidad. Fue un hombre odiado por sectores que temían su fuerza transformadora, pero venerado por la gran mayoría que se sentía representada en su piel y en su discurso.
“Yo amo a mi pueblo, a mi país. A lo largo de toda mi vida he pagado un precio por eso. He recibido ataques feroces, a veces frontales, a veces con veneno más sutil, como ahora. Pero yo los perdono. Mis adversarios pueden contar conmigo, con mi perdón”.
Esa fue la última declaración de Peña Gómez al país a través de un spot de televisión que fue transmitido días antes de las elecciones de medio término de 1998.
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En su gestión como síndico de la Capital (1982-1986), Peña Gómez demostró que su visión iba más allá de la teoría política, enfocándose en la descentralización y el bienestar municipal.
El país se detuvo ante la noticia de su muerte y su posterior velatorio en el Estadio Olímpico, donde miles de dominicanos acudieron a despedirse. Sus exequias siguen siendo las manifestaciones de duelo popular más grandes en la historia del Caribe.
Al cumplirse un nuevo aniversario de su partida, su figura se erige como un faro para las nuevas generaciones. Más allá de las siglas partidarias, su nombre es sinónimo de resistencia y amor patrio. La enseñanza de este gran dominicano, que murió dos meses después de cumplir 61 años, sigue caminando por las calles dominicanas en cada conquista democrática.

