El periodo subsiguiente al tiranicidio del 30 de mayo de 1961 en República Dominicana se caracterizó por una extrema volatilidad política y una profunda fragmentación social.
Luego de tres décadas de un régimen autocrático consolidado, el país se sumergió en una etapa de inestabilidad estructural, definida por la pugna constante entre facciones antagónicas y una marcada carencia de cohesión en el liderazgo político emergente. En este contexto, la nación se convirtió en un escenario de conspiraciones permanentes que condicionaron el devenir de la incipiente democracia.
Proyecto boschista
El 25 de septiembre de 1963, el golpe de Estado perpetrado contra el gobierno constitucional del profesor Juan Bosch —electo democráticamente el 20 de diciembre de 1962 con un respaldo popular del 58%— truncó el proceso de institucionalización que buscaba superar el legado de la dictadura trujillista.
Este quiebre democrático fue impulsado por sectores conservadores locales, bajo la complaciente mirada o el respaldo directo de la administración estadounidense de John F. Kennedy, enmarcando la situación en las tensiones geopolíticas de la Guerra Fría.
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El Triunvirato y la profundización de la crisis
Ante la inestabilidad resultante, se instauró un Triunvirato presidido inicialmente por el doctor Emilio de los Santos. La legitimidad de este organismo se erosionó prontamente, alcanzando un punto de no retorno tras la ejecución sumaria de los guerrilleros liderados por Manolo Tavárez Justo en Las Manaclas (diciembre de 1963). Ante la renuncia de De los Santos, el empresario Donald Reid Cabral asumió la presidencia de la junta.

La gestión de Reid Cabral coincidió con una severa crisis económica originada por el desplome de los precios internacionales de las materias primas, particularmente el azúcar. Las políticas de austeridad implementadas para mitigar este déficit resultaron ineficaces, siendo saboteadas por la corrupción administrativa y el contrabando sistémico.
Asimismo, los intentos de Reid Cabral por limitar los privilegios de la casta militar y la burocracia estatal, lejos de sanear el Estado, incrementaron el descontento en los sectores de poder que originalmente lo apoyaban.
Caldo de cultivo
A pesar del apoyo económico y militar sostenido por el gobierno de Estados Unidos —a través de una estrecha y cuestionada relación con el embajador William Tapley Bennett, Jr.—, el régimen de Reid Cabral se tornó insostenible. La percepción pública de Reid Cabral como un agente de intereses extranjeros, ganándose el apodo de «el americano», avivó el sentimiento nacionalista y la resistencia opositora.
Dos frentes
En el sector constitucionalista, un grupo de oficiales de tendencia liberal, liderado por el teniente coronel Rafael Fernández Domínguez, abogaba por el retorno a la legalidad democrática y el restablecimiento del mandato de Bosch.
El sector conservador/militar: Diversas facciones castrenses conspiraban simultáneamente para instaurar una junta militar que excluyera tanto a Bosch como a Joaquín Balaguer, quien se hallaba en el exilio.
La insensibilidad del embajador Bennett ante las fuerzas de oposición, al ignorar la creciente disidencia, no hizo más que radicalizar el movimiento conspirativo.
Esta negligencia política, sumada al descontento generalizado en la sociedad civil y los cuarteles, configuró el escenario perfecto para la explosión social que cristalizaría en la insurrección de abril de 1965.
Esta contienda, que hoy conmemora su 61 aniversario, estalló como un conflicto fratricida que rápidamente fracturó a la nación dominicana.
En los primeros días, el movimiento encabezado por los militares constitucionalistas demostró una notable capacidad táctica y un ímpetu movilizador que sorprendió a las fuerzas conservadoras. El objetivo central era claro: devolver la legitimidad democrática al país, logrando aglutinar a diversos sectores sociales.
El avance de los constitucionalistas se consolidó como uno de los capítulos más definitorios de la contienda con victorias estratégicas de gran peso militar.
Entre estas, destaca de manera fundamental el enfrentamiento en el puente Duarte, donde las fuerzas leales a la Constitución lograron romper la resistencia opositora y asegurar un punto de control vital.
Este éxito no solo representó un triunfo táctico sobre el terreno, sino que también inyectó una moral determinante entre los combatientes y los civiles que se sumaron a la causa, consolidando el control de zonas clave de la capital. Sin embargo, el curso de los acontecimientos dio un giro drástico el 28 de abril de 1965, fecha marcada por el desembarco de tropas de los Estados Unidos.

