En medio de la profunda crisis institucional que sacude a Haití, marcada por una implacable ola de violencia protagonizada por las pandillas, el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé encara el reto de crear las condiciones para la celebración de elecciones el 30 de agosto.
Tiene en ese proceso como importante punto de apoyo el respaldo que le ha brindado Estados Unidos, gracias al cual ha podido permanecer en el cargo.
Al menos cinco de los siete integrantes del Consejo Presidencial de Transición le habían reclamado su renuncia por lo menos un mes antes de que expirara el período para el cual fue electo.
Pero la intervención de Washington y de la comunidad internacional facilitó su reelección como jefe del Gobierno.
Al anunciar un nuevo Gobierno de transición, que además de preparar el terreno para las próximas elecciones se centrará en la recuperación de la seguridad, el primer ministro asume un gran reto.
Cualquier salida a la crisis haitiana pasa por combatir a las bandas armadas, las que para colmo controlan buena parte del territorio.
Y Fils Aimé no dispone de los recursos económicos ni logísticos necesarios para restablecer la seguridad y la gobernabilidad en la nación.
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Sin apoyo real de Estados Unidos la eliminación de las pandillas se reduce a una mera pretensión.
Es lo que se advierte desde fuera.
Pero con el nuevo Gobierno, aunque sea poco lo que pueda hacer, el país no carece de un vacío de poder.

