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Intolerancia

Intolerancia

Pedro P. Yermenos Forastieri

Para familia tan encopetada y racista como esa, resultaba inconcebible que una de sus mujeres se vinculara afectivamente con un negro que, además, lucía burdo y campechano. Ni siquiera les hizo revisar su intransigente posición la fama de militar influyente en el Cibao que tenía el osado que se atrevía a pretender una de las jovencitas más apetecidas de la oligarquía vegana.

Pese a esa actitud de los jefes familiares, no estaba en los planes del intrépido general permitir que se inscribiera en su historial la primera derrota en sus incursiones amorosas. Estaba invicto y tenía la inquebrantable decisión de preservar su record al precio que fuere. De esa forma, incrementó sus lances, los cuales, empezaban a surtir efectos reflejados en un bailoteo de mariposas en el estómago de la destinataria.

No hubo estratagema a la que no recurriera en la que se estaba convirtiendo en su batalla estelar sin disparos ni combates. Se trataba no solo de conquistar la preciosa pretendida, sino hacerle tragar su intolerancia a sus creídos progenitores quienes, según el desbordado orgullo del jerarca militar, no sabían de la oportunidad que le estaban privando a su hija.

El camino de la fatalidad
Cada día, la chica se sentía más atraída por las extravagantes manifestaciones de amor que ofrecía el caballero, las que empezaron a formar parte del rumor cotidiano del pueblo. Sus compañeritas de colegio y las salidas de éste al finalizar la jornada, se convirtieron en escenarios preferidos para desplegar su ofensiva. Ella llegó a convertirse en la envidia de adolescentes que soñaban con un partido de esa envergadura.

Las cosas llegaron a un punto en que estaba decidida a dar el paso por encima de cualquier oposición. El almuerzo de ese día fue estropeado por la bomba que soltó apenas empezar. Iba a casarse con quien se había convertido en su novio furtivo. La reacción no pudo ser más radical. “Debes elegir entre ese tipejo o nosotros”. Al otro día se fue de la casa.

Se instalaron en un pueblito cibaeño. En poco tiempo las cosas empezaron a salirle mal. Otra muchachita se convirtió en el nuevo objetivo. Se sintió atrapada y sin alternativas. Regresar a su casa paterna no era opción. Una profunda frustración le generó crisis depresivas. El general dormía plácidamente esa noche en que tomó la decisión. Con la propia pistola del machote, sacó valor de sus entrañas y se disparó en su antiguo corazón enamorado.

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