Tomás Hernández Franco es uno de los poetas más encumbrados del parnaso dominicano, por escribir el poema Yelidá, considerado por la crítica literaria como los cuatro más emblemáticos que completan Blía de Freddy Gatón Arce, Compadre Mon, de Manuel del Cabral y el poema de la Hija Reintegrada de Domingo Moreno Jimenes.
Integró el grupo de intelectuales que apoyaron el ascenso al poder por la traición al presidente Horacio Vásquez del brigadier Rafael Leónidas Trujillo el 23 de febrero de 1930, junto a Rafael Bonnelly, Jafet Hernández, Rafael Vidal Torres, Rafael César Tolentino, Rafael Estrella Ureña y Joaquín Balaguer.
Tomás Hernández Franco escribió una apología de ese acto político censurable en un libro que intituló La Más Bella Revolución de América.
En 1942 escribió un notable ensayo referente a los valores culturales africanos en nuestro país y las Antillas, publicado en San Salvador, República de El Salvador ese año.
Coinciden quienes le conocieron, que se arrepintió de haber respaldado a un gobernante tan degradado como Trujillo, y se refugió en las bebidas etílicas, que le produjeron su temprano final por cirrosis hepática, aunque sostengo que el arrepentimiento de un acto asumido es una falsa excusa, porque cuando se decidió la acción, eso era lo que deseábamos hacer, y además de que el hombre es él y sus circunstancias, como sentenció José Ortega y Gasset, los hombres no somos nada y las circunstancias todo.
No obstante su corta edad al fallecer, su producción literaria fue prolífica, publicando El hombre que había perdido su eje (París, 1926); Yelidá en 1942; Apuntes sobre poesía popular y poesía negra en las Antillas (1942); Canciones del litoral alegre (1948); Síntesis y magnitud de un problema (1943) y Cibao (1942).
Apenas 60 días antes de fallecer, compuso su última poesía que intituló En esta alta cuesta de la noche, que transcribo:
En esta alta cuesta de la noche,
De montaña a montaña
Y de mar a mar
Eres tú. Silencio, el único que hablas
Y es tu estentórea voz
La que alza el huracán en los gritos
Del miedo.
Estoy vencido por tu silencio
Pero yo puedo hablarte
Desde lo último de mi última
Cobardía
Más cobarde que yo
Porque hasta la noche está sin ti, sin
Nadie.
Hay un perro que ladra, asustado
Por haberte olfateado
¡Te presiente!
Una flor invisible que en el aire se
Mueve debe estar su perfume tan
Quieto y tan inútil
Y hay un niño que quisiera ver en
Sueño a los ángeles
Soñando su sonrisa porque ha
Visto
¡y tu voz tan opaca hablando de la
Muerte!.
Lo sé. Es de ella de quien quieres
Hablar, silencio
Y subiendo la cuesta insomne de la
Noche frente a tu tribuna sin
Lenguaje y sin gestos ante ti yo,
Desnudo, ante lo que no dices
Aplaudo.yo, único solo, tu inmortal
Argumento.
Es que la tumba espera
Y esperan los gusanos.
Antes de yo nacer, silencio, mi voz,
Como la tuya anda suelta, sin eco,
Por noches como esta
Era una voz sin huesos, sin sangre,
Sin cerebro y temblaba en el viento
Como una cosa loca.
De aquello se ser loca, a través de
Mil muertes
En el miedo de ahora
El miedo de ella misma
Frente a ti, silencio, sin respuesta del
Insomnio
Sin luz, silencio, hacia tu tumba y
Tus gusanos.
Tamboril, junio 1942
Su legado literario, sobre todo, el poético, resulta refulgente, y en su sublime inspiración Yelidá, inserto trozos del inmortal poema, referencia obligada de los cultores de la excelsa poesía de aquí y del mundo.
Erick, el muchacho noruego que tenía
El alma de fiord y el corazón de niebla
Apenas sospechaba en su larga vagancia de horizontes
La boreal estirpe de la sangre que le cantaba caminos en las sienes
En el más largo mes del año nacido
En la pesquera choza de brea y redes salpicada casi por las olas
Parido estaba entre el milagro del mar y el sol de medianoche
De padre ausente naufragado
Nadador ya de algas profundas y arenas sorprendidas
De escamas y de agallas y de aletas.
Era el quinto hijo para el mar nacido
Y Erick creció en su idioma de anzuelo y de corriente
Fuerza de remo y sencillez de espuma
Como todos los muchachos de la playa
Mitad Tritón y mitad Angel.
Yelidá es una concepción poética que refleja un motivo reiterativo en Tomás Hernández Franco sobre la africanía, que demostró en creaciones, y conformó su pareja con una negra, y exaltó los valores de esa estirpe de Yelidá, en Suquí, la amada de Erick, el nórdico noruego, que centran los protagonistas del inmortal poema lírico, gema excelsa del Parnaso Dominicano.
